Ni cuando Trujillo

En el parque central de Santiago, y como era su costumbre, hace un par de semanas el joven Wellington Núñez plantó su aparato de sonido y empezó a predicar la Palabra de Dios.
De pronto, un oficial de la Policía Municipal, no conforme con hacerle callar el altoparlante, lo agarró por los brazos y lo arrastró a la fuerza hacia el carro color blanco que aguardaba estacionado frente al edificio de la gobernación.
No valió la protesta del pueblo.
Núñez dijo: “Me llevaron a la cárcel de la alcaldía y se quedaron mirándome como para amedrentarme, pero lo que yo estaba haciendo era bueno. (El perfecto amor echa fuera el temor).
“Le dije que todo se hacía decentemente y en orden. Llamaron al supervisor y entre los tres me dijeron que yo privaba en terrorista”.
Según relata, los miembros del orden cruzaron tanto los linderos que llegaron amenazarle con golpearle.
Afirmó: “Hay libertad de cultos. Ellos no podían llevarse ese equipo. Para eso debieron tener una orden judicial.
“Cuando Abel Martínez estaba haciendo su campaña, esas plantas eran muy grandes. La bulla era fuerte. Incluso, en Santiago no había paz.”
Uno se pregunta, ¿en qué momento de la historia dominicana hubo un hecho de tal naturaleza?
Podría pensarse que algo así pudo ser en la época de Rafael Leónidas Trujillo, que fue el régimen tiránico y opresor.
Pero no. Todo lo contrario: el general de cinco estrellas ordenó que a los protestantes los dejaran predicar su creencia con plena libertad.
Y lo hizo a pesar de las insinuaciones de algunos secuaces dentro y fuera del poder para que les hiciera la vida imposible a las congregaciones fuera de la Iglesia Católica.
Hay que decirlo: en materia religiosa, Trujillo no hizo eso.