Ni diablo ni ángel

ROBERTO VICTORIA B.
Conscientes de que no van a ninguna parte en estas elecciones debido a yerros de su propia cosecha, los líderes de la oposición a diario tratan de satanizar al puntero en todas las encuestas serias, pintándolo como el mero diablo que está utilizando todas las trapisondas habidas y por haber, para mantenerse en el poder.

Claro, Leonel Fernández no es el diablo que los opositores dicen, ni tampoco el ángel que sus seguidores pudieran proclamar. Es él, pura y simple, un político consumado buscando legítimamente un nuevo mandato, y decidido a no bajar la guardia ante la embestida circense de una oposición que, a falta de propuestas creíbles, vive hora y hora improvisando excesos.

Leonel Fernández sabe que el político para triunfar en este difícil oficio está obligado a manejar el poder con pericia, y como fino equilibrista (siempre tiene la adrenalina bajo cero) está administrando con destreza las contradicciones naturales que surgen de ese tortuoso idilio entre la moral y la política.

Roberto Aramayo, en su libro “La quimera del rey filósofo”, maneja este viejo debate de la política y la moral con bastante acierto. Argumenta que las exigencias políticas no se compadecen con los imperativos morales, y el esfuerzo por moralizar la vida pública, aparte de ser un rotundo fracaso, es la historia del divorcio entre la ética y el poder.

Va más lejos el filósofo español cuando intuye que pobre de la república que vota por la supuesta moralidad de un candidato, en lugar de la probada habilidad de un político.

El caso de Bill Clinton y su relación con Mónica Lewinsky es aleccionador. Un día antes de que el Congreso lo juzgara por su conducta, los sondeos de opinión lo situaban en su punto más alto de aprobación. Esta extraña paradoja se explica en que el pueblo norteamericano no lo juzgaba por su comportamiento moral, sino por su talento y habilidad para manejar las cosas del gobierno.