Ni los templos se salvan

Desde las seis de la tarde el hombre estaba parado frente a la puerta principal de la iglesia. -Urgentemente necesito hablar con el pastor, dijo.

Era delgado, con ojos trasnochados y cargaba con una bolsa negra.

Antes de empezar a contar su historia, miró a un lado, buscó aire y dio muestra de gran compungimiento.

“Pastor, esto es serio. Hace dos años maté a un hombre. Lo hice porque llegó a mi casa con un arma para acabar conmigo y con mi mujer embarazada.

“Esa noche arrastré su cuerpo hacia unos matorrales. Desde entonces yo no descanso.  No quise hacerlo pero él me obligó. Sin embargo, yo deseo confesar mi pecado ante Dios y entregarme a la justicia. Mi madre, que es cristiana, me dijo que lo hiciera así. Por eso estoy aquí junto a usted”. Sin pérdida de tiempo se postró en tierra y oró con lágrimas pidiendo al Todopoderoso que perdonara su falta. Vuelto a su silla, me pidió dos cosas: que le permitiera pasar ese fin de semana con su madre antes de la entrega y que le diera una ofrenda para pagar el transporte que lo llevaría a su lejano pueblo en la zona sur.

Sin pensarlo dos veces, la iglesia le proveyó lo requerido y, también, lo alimentó esa noche. El fin de semana lo pasé inquieto.

Me horrorizaban las imágenes del muerto y el rostro del supuesto asesinato narrando él mismo los hechos. Todo se disipó el lunes en la mañana cuando alguien de la congregación advirtió sobre la última modalidad de los delincuentes.

Aunque mordí el anzuelo, agradecí a Dios por tratarse sólo de la patraña de un delincuente barato que poco le importa burlarse de Dios y de las cosas sagradas.