No hay peor sordo
que el que no quiso oír

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Conociendo el fervor mediático del doctor Leonel Fernández, sorprende a muchos que el gobierno no haya organizado una enorme celebración por el primer aniversario de la puesta en funcionamiento del tren urbano de Santo Domingo, apodado Metro.

Podría alegarse que la catástrofe de Haití o la proclamación de la cuestionada Constitución de la República exigían toda la atención gubernamental. Pero todos sabemos que la puesta de ese huevo no se ha cacareado porque salió huero.

Luego de doce meses prestando servicio podemos concluir que, sobre el inoportuno proyecto que surgió de un sueño del niño de Villa Juana, poco puede exhibirse como logro y mucho lo que puede demostrarse como fracaso. Lo más terrible de este caso es que el Metro seguirá siendo un barril sin fondo porque el 94.4% de la tarifa real tiene que ser subsidiada. De manera muy sencilla pueden enunciarse los resultados obtenidos al cumplir el primer año de operación.

1- De acuerdo con las cifras de la OPRET, el Metro no ha transportado siquiera el 15% de los pasajeros que anunciaban sus promotores en 2005, antes de iniciar la construcción. Despreciaron desde el principio la enorme importancia de las rutas alimentadoras y prefirieron derrochar lo que no tenían en ostentaciones prescindibles;

2- El costo final de construcción fue, aproximadamente, cinco veces la cifra inicial esgrimida mientras se buscaba el apoyo de la ciudadanía. Además, se mantienen como secretos de Estado las cargas financieras internacionales, como si nunca fueran a pagarse;

3- Los compromisos contraídos en moneda fuerte se constituyeron en enorme carga que elevó la deuda externa del país hasta niveles nunca antes alcanzados;

4- Los excesivos gastos en la construcción del tren urbano de Santo Domingo fueron financiados, en gran medida, a expensas de los presupuestos de las Secretarías de Estado de Salud y de Educación, empeorando los niveles habituales de esos sectores hasta colocar a República Dominicana entre los países de peor desempeño del mundo;

5- La incapacidad llevó a un ineficiente trazado en serpentina de la ferrovía aérea y la ausencia de estudios geológicos modernos hizo que se invirtieran fabulosas cantidades de divisas para adquirir equipos que apenas pudieron ser utilizados;

6- Más que mejorar el tránsito, el Metro lo empeoró en su zona de influencia al provocar la disminución en un 25% de la velocidad de traslación de los vehículos por la avenida Máximo Gómez. Peor aún, las tarifas en el sistema de transporte de pasajeros existente en la zona nunca disminuyeron, como se había prometido, sino que continúan aumentando;

7- La arrabalización de las áreas aledañas al recorrido del tren urbano en el sector de estructuras elevadas se profundizó y las transacciones comerciales al detalle redujeron sensiblemente su actividad;

8- Los promotores gubernamentales no completaron las obras sociales, viviendas y servicios básicos, que ofrecieron a las familias afectadas por el paso del tren urbano. Asimismo, no construyeron la avenida que a orillas del río Ozama habían prometido. En realidad lo que hicieron fue utilizar la zona ribereña como vertedero de las excavaciones de diversos proyectos para fingir que cumplían su promesa;

9-  Contrario a las declaraciones iniciales de que el tren urbano contaría con su propia fuente de energía eléctrica, así como con plantas de emergencia en cada una de las estaciones, la construcción y el funcionamiento han sido alimentadas con electricidad proveniente de generadoras de la CDEEE que daban servicio a la población nacional. Como consecuencia, a partir de entonces algunos sectores sufrieron mayores carencias energéticas que antes de la operación del tren urbano;

10-  Las predicciones de desempeño hechas por los promotores del Metro nunca fueron alcanzadas, no porque estuvieran errados los estudios preliminares, sino porque, desde el principio, manipularon la información y mintieron en torno al inoportuno megaproyecto que en esencia era una alcancía electoral.

Si hubiera algún nivel de racionalidad en el gobierno, debían olvidarse de construir una “segunda línea del Metro” y concentrar los esfuerzos e inversiones en dotar al “toy train” existente de las imprescindibles rutas alimentadoras. Si no lo hacen de inmediato, esa obra se convertirá, en corto plazo, en vergonzosa ruina de una desmedida ambición política.