No hay que temer a Najayo

No puedo olvidar cuando por primera vez fui encerrado en la inmunda cárcel de la Policía Nacional en 1966. Comenzaban los lúgubres y ominosos doce años de gobierno de Joaquín Balaguer. Ningún tribunal se preocupó entonces por averiguar que me habían encerrado por defender la integridad de una niña de meses de nacida durante un allanamiento policial.

La segunda vez que me dieron llaves los doceañistas, seleccionaron una solitaria del patio del Palacio de la Policía. Desnudo y sin que alguien supiera exactamente mi ubicación, aplacaba la sed gracias al pinche de una tubería podrida que dejaba escapar un chisguete de agua. La incertidumbre siempre fue mi compañera aunque ningún tribunal me hubiera condenado por reclamar al gobierno el respeto a los derechos humanos.

La tercera vez que pude sentir pánico carcelario, fue cuando me encerraron en la base aérea de San Isidro. A la celda le habían tapiado las ventanas para que no pudiera distinguir el día de la noche. Desnudo y sometido a una temperatura por encima de los cuarenta grados centígrados, el terror trataba de apoderarse de mí. La verdad que pensar en estar preso en esas condiciones podría provocar pánico. Y eso que los tribunales de justicia nunca me habían condenado por la comisión de un delito.

Ahora bien, los doce años de Balaguer no son los doce años de Leonel, aunque el actual Presidente quiera imitarlo. Ahora las cárceles siguen siendo pésimas y discriminatorias hasta más no poder. Los delincuentes ricos disfrutan de cómodas celdas mientras los delincuentes pobres tienen las mismas de aquellos tiempos del balaguerismo. Unas son resorts modernos, las otras son almacenes de olvidados de la sociedad. Como muestra de la cárcel globalizada, resulta impresionante el ambiente creado por uno de los actuales inquilinos de Najayo para quien el pánico no tiene razón de existir. Está tan acomodado que, si sus asociados en el gobierno gestionaran el indulto, podría no aceptarlo.

Primero, el aislamiento le ha sido saludable. Con sus pantalones cortos, se ejercita diariamente sin que nadie lo moleste. Tiene el privilegio de que todos los oficiales y alistados de la prisión le llaman Jefe. No en balde reciben un salario adicional que no queda registrado en parte alguna. Cuenta en su suite con dos equipos de acondicionadores de aire de 18,000 BTU cada uno. Los compresores se mueven gracias a una planta de 40 kilos de capacidad, siempre llena de combustible. Los paneles solares y los dos inversores de 3.5 kilos con 20 baterías cada uno le permiten accionar la parábola que accede a centenares de canales de televisión.

El teléfono satelital y su computadora con Internet permanente, le permiten tener comunicación con el mundo entero y así mantener el control sobre las propiedades que todavía preserva (que no son pocas). La palabra apagón nunca ha estado en su diccionario, ni siquiera ahora que el sistema eléctrico nacional colapsa. Los menúes preparados a la medida de sus gustos por el chef de turno, hacen que el encierro sea el mejor de los hoteles al módico precio de las propinas oficiales. Justo como en los tiempos en que estafaba al país desde su sólido banco.

Ante estas privilegiadas opciones, que pueden ser pagadas con el mismo dinero estafado a los ahorrantes, el encierro en la cárcel de los ricos, más bien parece una terapia digna del mejor spa. Así que los neoliberales no tienen que sentir pánico por ir a Najayo. Por lo menos no con el terror que sentíamos los revolucionarios durante los doce años, cuando Balaguer les multiplicaba su riqueza a costa de sangre joven. Además, si quien siente pánico fuera mujer, tendría mayores prerrogativas porque entonces sería la única en su género entre los ricos y convictos desfalcadores. Y eso podría situarla a la par de su antiguo jefe, quien continúa comportándose como el multimillonario de siempre gracias a la corrupción que impera a todos los niveles del gobierno. Igual que en los tiempos del bisabuelo, de quien hereda sus mañas.

Lo único que Najayo no le puede garantizar a la élite carcelaria es conseguir dignidad. Porque eso no se compra con dinero, sino con honestidad.