No saben lo que hacen

¡Qué grandeza de alma y corazón¡ ¡Qué sabiduría en medio de tantos desaciertos! Aunque esta fue la primera de las siete palabras que Jesús dijo en su Pasión, hoy , lamentablemente, siguen teniendo vigencia.

¿Cuánta ceguera hay en el mundo donde no se reconoce el amor de Dios?

A todos nos tiene que seguir perdonando el Padre por las desilusiones que le provocamos cuando no le amamos, le negamos y le ofendemos.

El amor duele, decimos. Jesús es el mejor testigo de esta sentencia. Sin embargo, a pesar del dolor y el sufrimiento que pasó voluntariamente por su amor redentor, nos perdonó excusándonos ante el Padre.

Es cierto. No sabemos lo que hacemos. Si supiésemos, otra sería la canción. En lugar de canciones de amargues, resentimiento, venganza, violencia, daríamos espacio a la canción de alabanza, de adoración, de perdón, de amor.

Es tiempo.

Tiempo de recapacitar sobre nuestras vidas.

Tiempo de buscar la luz en medio de las tinieblas. (Jesús es la luz: camino, verdad y vida)

Tiempo de conocer a Jesús (El que salva) y de amarle. No con palabras sino con sentimientos que brotarán sino lo han hecho ya, de una forma natural y sobrenatural porque es el amor y solo el amor da amor….

En otras palabras, tiempo de conversión.

Volvamos a las palabras de Jesús en defensa nuestra, abogando desde su pasión ante el Padre:

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

Apelando a la misericordia ante nuestra ignorancia, nuestra falta de visión, nuestros errores y pequeñeces, nuestras limitaciones.

Ante la indignidad y la ignominia de estar clavado en una cruz, despojado de sus vestiduras, humillado y violado, aquél que sólo había hecho el bien, responde con una oración de perdón.

Y nosotros, los que tratamos de seguirle en este camino de conversión, ¿acaso hacemos lo mismo con aquéllos que nos ofenden, a veces por tan poca cosa?

Con pena y vergüenza, debemos reconocer que lejos de tan noble actitud, la mayoría de los casos en que tenemos la oportunidad de crecer espiritualmente, caemos en lo opuesto: Acusamos más, buscamos agrandar las cosas, incluso pregonar al mundo lo que nos han hecho, en lugar de suplicar misericordia a Dios Padre.

Concluyendo, perdonar, que no necesariamente quiere decir olvidar, aunque sería lo óptimo, significa tomar la decisión de orar por los que me han ofendido y dejar a un lado mis deseos de venganza.

Nada de esto excluye la necesidad de justicia, o la de evitar por todos los medios que estos males se repitan. El perdón nos libera de la carga de nuestros odios y resentimientos. Cuando no perdonamos es como si tomáramos un veneno con el fin de matar a la persona que nos hirió. Con el tiempo, la incapacidad de perdonar se puede convertir en un infierno. Por eso Jesús perdona y por eso nos llama a todos sus seguidores a perdonar también.

Jesús le dice a Pedro que hay que perdonar “setenta veces siete” (Mt 18, 22). Es decir, no podemos poner límites al perdón. Sin embargo, esto no garantiza que la situación se arregle o que sea posible una reconciliación. El perdón lleva en sí mismo la promesa de la reconciliación, pero no la puede garantizar. La reconciliación implica que ambos lados están abiertos a este proceso y que esta reconciliación no va a continuar causando daño a la persona herida. Aun cuando la reconciliación y el restablecimiento de las relaciones no sean posibles, los cristianos estamos llamados al perdón.

Después de una vida dedicada a perdonar y a mostrarnos el rostro misericordioso de Dios, Jesús nos deja una última oración: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

Pidamos a Jesús en esta Cuaresma que nos regale el don de amar como El nos amó y de una vez por todas, llevémonos del eterno consejo maternal de María: “Hagan lo que El les dice”.