No todo es culpa de la lluvia

Las inundaciones han quitado vidas y sepultado casas y producción, pero han sacado a flote las cada vez más profundas desigualdades sociales y los extremos de pobreza que se agudizan a fuerza de una distribución excluyente de la bonanza de la economía. El cuadro calamitoso pintado por las riadas y el desfogue de la Presa de Tavera, por ejemplo, pone de manifiesto que el Estado no ha invertido lo necesario para trasladar a lugares seguros a las familias pobres que habitan en focos de peligro a orillas de ríos o en otras zonas vulnerables.
Esa manera inequitativa de distribuir la riqueza y poner la economía al servicio de la gente, pero de toda la gente, es lo que explica que la población se haya ido desplazando desde la zona rural hacia las ciudades donde se concentran las grandes inversiones. Al margen de los volúmenes sin precedentes de aguas caídas, hay una vulnerabilidad que no es culpa de la lluvia. Los índices de pobreza repartidos en el territorio nacional exponen un inocultable cuadro de exclusión.
Hay que cambiar los criterios de lucha contra la pobreza. Más allá de la ayuda de emergencia por situaciones como la actual, y más allá de la reparación de la infraestructura, hay que invertir en la gente con visión previsora, para sacar de los lugares de potencial peligro a las familias que lo pierden todo no solo por causa de la lluvia.

Hora de la solidaridad

El Gobierno ha asumido -como debe ser- la responsabilidad de restablecer la normalidad de la vida en las comunidades abatidas por las inclemencias del tiempo. No se podía esperar menos en situaciones como estas. Hay capítulos especializados para la mitigación de desastres naturales que se nutren de fondos locales y de organismos internacionales, y es hora de emplearlos para socorrer a las poblaciones perjudicadas.
Al margen de las tareas de que se ocupa el Gobierno, hay empresas y organizaciones de la sociedad civil que han ofrecido los recursos a su alcance para ayudar en el restablecimiento de la normalidad en las zonas abatidas. Creemos que esta labor humanitaria debe continuar y ampliarse, pensando en la gente que lo perdió todo y que debe comenzar desde cero. La solidaridad es una virtud que siempre hemos ejercido.