Noam Chomsky, rebelde sin pausa

Noam Chomsky, rebelde sin pausa

POR CARLOS DORE CABRAL
En muchas ocasiones he tenido la responsabilidad  de presentar a distinguidos invitados que nos honran con su presencia en FUNGLODE.  El número de veces no lo recuerdo, pero han sido tan frecuentes que instintivamente asumí que esta tarea es de mi rutina de trabajo y como tal, no implica mayores retos para el intelecto, la emoción o el cuerpo. Porque la rutina mata la pasión y con ella, muere también la capacidad de asombro.

Pero mi certidumbre se desmoronó cuando supe que debía presentar a éste hombre tan intelectualmente prolífico y versátil como políticamente útil y necesario. Sobre todo, en tiempos en que la ola conservadora y la ausencia de una crítica radical parecían confirmar que efectivamente habíamos llegado al “Fin de la Historia”.  Por suerte, en algunos puntos del planeta algo nuevo empieza a nacer a pesar de que lo viejo se resiste a morir.

Y cuando constatamos esos hechos, aún convencidos de que son los hombres en plural y no el hombre en singular, los que hacen la historia (perdonen el código sexista, pero no puedo parafrasear a Althousser deformándolo), sabemos que  en este atisbo del despertar de la conciencia, existen personas cuyos aportes tienen mucho que ver con la nueva alborada. Una de ellas, sin lugar a duda, es el profesor Noam Chomsky.

Con mucha justicia alguien lo llamó el “rebelde sin pausa”. Rebelde, porque todo su ser se ha volcado a favor de los pueblos oprimidos combatiendo desde múltiples escenarios a los poderes que siembran la opresión. Sin pausa, porque desde que abandonó el confort de su oficina en el Instituto Tecnológico de Massachussets para dedicarle parte de su tiempo al quehacer político, asombra la constancia en ambas esferas de su actividad social.

Lo anterior sugiere que hacer una semblanza de éste hombre, como se estila en estos casos, no es tarea fácil. Pero la suerte me acompaña esta vez. Si se contabilizaran las conexiones a la internet que desde el país se han realizado buscando información sobre Chomsky en los últimos días, los resultados serian impresionantes. Por eso, detenerse en los detalles de su biografía y bibliografía, para el día de hoy, no tendría mucha utilidad.   Prefiero centrarme en lo que denominaría, una pulsión existencial.

Y es que me llama poderosamente la atención  en  Noam Chomsky la entrega total a dos vocaciones que parecen irreconciliables: la del científico y la del político. Es común en los casos similares en la historia, que una termine supeditada o sacrificada por la otra.

El fenómeno no es del todo extraño. Octavio Paz, poeta y pensador, también fue conocido por su militancia ideológica  a favor de distintas causas de corte político, destaquemos solamente su posición sobre los acontecimientos de Tlatelolco en México de 1968. En su caso, sin embargo, todo el mundo lo reconoce esencialmente como un poeta y ensayista, antes que como un activista político. En él la literatura es una única vocación. La política es accesoria.

Otro (sólo para ilustrar entre muchos que podríamos mencionar), lo es  Ernesto Sábato. Hizo su doctorado en física y cursos de filosofía en la Universidad de La Plata. Trabajó luego en el Laboratorio Curie, en París, y abandonó definitivamente la ciencia en 1945 para dedicarse exclusivamente a la literatura.

Sábato es conocido por sus posiciones éticas frente a hechos políticos. En este caso vale señalar que hubo abandono total de la  vocación científica, la sustitución de una vocación por otra. Y en la política podemos hablar de compromiso, pero no de forma estricta de militancia.

Visto este panorama no es extraño que entendamos que en Noam Chomsky tenemos un ser muy especial. Aquí las vocaciones política  y científica coexisten con igual intensidad.

Pero la coexistencia y complementariedad entre esas dos vocaciones,  están muy lejos de ser la regla. La vida  parece confirmar lo contrario. Es que al menos en Occidente, por más extraño que parezca, la función social y la base ética del científico y el político definen la singuralidad de uno a partir de la diferenciación radical respecto del otro. La constatación de ese abismo, lejos de ser materia para diletantes, ha motivado la atención de pensadores de trascendencia en el mundo de las ideas y las ciencias sociales. Es el caso de Max Weber, quien preocupado por el tema, llegó a establecer lo que para él debían ser las tres cualidades que adornaran a un político, vale decir, la pasión, el sentido de la responsabilidad y la mesura. Planteaba que la pasión no convertía al hombre en político si la misma no estaba al servicio de una causa y  la responsabilidad para que esa causa fuera la estrella que guiara su acción. Pero además, pasión y responsabilidad, necesitaban de la mesura, vista como la capacidad para guardar distancia con los hombres y las cosas. Para Weber, ese “guardar distancia”  lo impedía la vanidad, tan generalizada en los círculos académicos e intelectuales, pero relativamente inocua debido a que por lo general no estorbaba el trabajo científico. Sin embargo, los efectos de la misma eran muy distintos en el político, pues lo conduce a la falta de objetividad y de responsabilidad, porque lo embriaga y le hace perder las perspectivas de sus fines originales.

Pienso sin el riesgo de caer en lisonjería, que esas tres cualidades que Weber asumía como una aspiración, como un “deber ser”  en el político, se cristalizan en Chomsky, salvo que enlazando a las dos vocaciones en una integridad que sobre todo, es moral. Porque ¿cómo explicarse la abundante producción de libros, ensayos, artículos de opinión sin considerar el arrebato de una razón apasionada a favor de unas causas trascendentes como la democracia y la libertad? ¿Cómo explicar su posición respecto al sistema que representa el suelo donde nació o el rechazo a las miserias autoritarias del Estado de Israel a pesar de su origen judío, sin que concluyamos que ha sabido guardar distancia de sus sentimientos de pertinencia a una comunidad?

Muchas veces, al juzgar a alguien con la estatura intelectual y moral de nuestro invitado, solemos pasar por alto su condición humana, esa manera esencial de relacionarse con las personas y el planeta. Volviendo a Weber, éste planteaba que la vanidad es el pecado capital  porque obstaculiza  la objetividad posible en el mundo político. Ocurre que en Chomsky existe en un estado tan atenuado que parece inexistente. Podemos encontrar una pista que nos ayude a comprenderlo, resaltando algunas ideas de uno de sus biógrafos, Barsky. Dice que “para Chomsky, todas las personas son importantes, tienen un potencial, y nunca está subido en un pedestal desde el cual nos mira”.

Barsky precisa que “Chomsky es un catalizador para que el resto desarrolle ese potencial y no un dios subido en un altar” y esa filosofía le lleva “a ponerse a nivel de todo el mundo y evitar el autoritarismo y el dogma”.

El biógrafo confiesa que cuando se conoce a Chomsky “te das cuenta de que es como aparenta y por eso no te extraña que reciba en su despacho de la universidad a todo el mundo y le preste atención, independientemente del rango o la categoría de la persona”.

Quizá en una sencilla filosofía de vida encontramos cómo en una misma persona dos pasiones, dos vocaciones, tan aparentemente excluyentes pueden manifestarse de forma natural. En Chomsky, diríamos, coexiste una única pasión, que recoge dos vocaciones, la pasión por el ser humano en su dimensión social.

Eso explica que haya tomado como objeto de investigación el lenguaje, donde es ampliamente reconocido por sus aportes, especialmente en las teorías cognitivas.  La revolución que en la lingüística provoca  a partir de los años 50, ha impactado en  el mundo intelectual de tal modo que hasta la derecha norteamericana, su adversaria en el terreno de las ideas políticas, reconoce su  valía y solidez intelectuales.

Tampoco causa asombro constatar que personas con escaso conocimiento de esos temas especializados, conozcan y respeten a Chomsky por sus firmes y bien articuladas ideas políticas.

Chomsky en este punto tiene que entenderse al través de sus influencias, entre las que se destacan: la Ilustración, Descartes, Humboldt, los anarquistas Proudhon, Bakunin, Bertrand Russell,  Rosa Luxemburgo y muy especialmente, con la corriente laboral del anarquismo, el anarcosindicalismo y es miembro del Sindicato Revolucionario Estadounidense.

Políticamente salió a la luz pública, por decirlo de un modo gráfico, con su resuelta oposición a la guerra de Vietnam, conflicto sobre el que publicó en 1969 el trabajo titulado American Power and the New Mandarins. Desde entonces, no ha cesado en  publicar análisis sobre los problemas políticos y sociales contemporáneos, destacándose no solamente la profundidad de miras, sino también la pertinencia de sus obras.

De la vasta producción de sus escritos políticos, destacan 4 grandes ejes temáticos: la violencia contemporánea y el terrorismo;  Estados Unidos y su estrategia de dominación; la Globalización; y los Medios de Comunicación, especialmente los de Estados Unidos.

Sin temor a equivocarme, estamos ante una de las más relevantes e influyentes autoridades intelectual-políticas contemporáneas. Una persona comprometida con lo humano, con suficiente inteligencia, dedicación e información como para sentirnos honrados y edificados con sus palabras.

La Fundación Global, Democracia y Desarrollo, tiene entre sus objetivos, constituirse en un espacio donde el libre juego de las ideas se convierta en un hábito institucional que se derrame sobre la sociedad, estimulando el pensamiento crítico, la tolerancia, y la pluralidad tan necesarias para salir del letargo intelectual que por un tiempo más que razonable, estamos viviendo en el país.

Con la presencia de un pensador cuya agudeza y honestidad son paradigmáticas, no sólo se reitera nuestra vocación al diálogo plural y democrático, sino que también nos compromete a seguir tras el sueño de que algún día, en la República Dominicana, la democracia participativa y el desarrollo sustentable se conviertan en una digna y vivificante realidad.

 Demos la bienvenida a Noam Chomsky, pensamiento y acción que trazan la trayectoria que nos conduce a la luz.

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