¿Nos afecta lo de Trump?

Así como el condado de Manhattan recibía en el año 1971 desde Brooklyn al joven Donald Trump para transformar el negocio de alquiler y compras de apartamentos, un agresivo desarrollador de edificios y hoteles de lujo, los dominicanos comenzaban a llegar a la urbe newyorkina para hacer, primero en Corona-Queens, y después en Washington Heights, el destino final de un proceso migratorio pautado por una guerra civil en 1965. Años han pasado, y el inversionista acaba de alcanzar la Casa Blanca y la diáspora se inaugura en la Cámara de Representantes con una expresión de esa dominicanidad insertada en la política: Adriano Espaillat.
En buena justicia, Latinoamérica no representó un elemento de importancia en la agenda de los aspirantes presidenciales. Salvo el caso mexicano, por razones comerciales y ante la retórica anti-inmigrante, exhibe una especial connotación debido a la existencia de una relación económica de 300,000 millones de dólares anuales y la generación de seis millones de empleos en territorio estadounidense que depende del intercambio con la patria de Benito Juárez. El contexto económico determinó las reiteradas citas de la nación azteca en la puja presidencial.
Volviendo a lo nuestro, seguiremos con un modelo de relación comercial que podría afectarse en la medida que el afán de la administración republicana se concentre en dos aspectos que nos traerían dolores de cabeza: el primero, la sed de devolver el flujo de empleos e inversiones a los Estados Unidos, y que han hecho de países como el nuestro receptores por excelencia de capitales amantes de la mano de obra barata. Ahora bien, no será fácil para los inversionistas “volver a su suelo patrio”, al menos que atractivas propuestas de exención e incentivos resulten impactantes. Además, vale la pena recordar que un discurso alarmado por el proceso de desindustrialización en tiempos de campaña no se transforma de golpe debido a los contrapesos existentes en la Cámara de Representantes y el Senado, entre congresistas demócratas y republicanos que no necesariamente coinciden con el presidente electo, Donald Trump.
Segundo, las deportaciones sí tienen implicaciones especiales. Once millones de ciudadanos podrían ser enviados a sus respectivos países, pero todavía no se implementan acciones legales como resultado de un decreto de la administración Obama que detuvo cualquier acción migratoria en ese sentido. Por eso, la llegada de Trump a la presidencia, y una parte esencial de su discurso electoral, establecían la necesidad de nuevos parámetros judiciales para expulsar indocumentados del territorio. Los dominicanos saldrían perjudicados porque la simple vinculación de masivos desplazamientos vía deportaciones de nuestros compatriotas, con el flujo de remesas que éstos colocan en la economía, nos perturba: 77% del dinero llegó de Estados Unidos, y en el 2015 alcanzaron US$4,882.7 millones.
Lógico e inteligente es poner en contexto la realidad de una diáspora que sin estar físicamente con nosotros tiene una presencia en la sociedad debido a que pone alma y corazón en su lar de origen. Se fueron con los ojos puestos en la espalda, y toda decisión de política interna de la nueva administración los golpea a ellos y a nosotros. De eso se trata. Los queremos y adoramos, viven la dominicanidad en el aire que respiran, en la nostalgia del sancocho en el restaurant Caridad del Alto Manhattan, los clásicos merengues de New York Band, la bachata de Romeo Santos, los rebotes de Al Harford, con las atrapadas de Gary Sánchez, la pluma de Junot Díaz, Julia Álvarez, Ramona Hernández, Silvio Torres, Daisy Cocco y la designación de Tomás Pérez como Ministro de Trabajo. Ése es el modelo migratorio que no regresa porque su inserción nos hace trascendentes!

Aquí las preocupaciones resultan lógicas. La retórica de campaña tocó las puertas de una nueva visión política que trastornó todo el mundo por los resultados y la capacidad de conectar con un segmento invisible validador de un Estados Unidos que cambió. Y Trump es su rostro.
¿Quién dijo miedo?