Nos alarma

Hace pocos años, la sola mención de actos de violencia producía horror en la población y se levantaban gestiones en todos los sectores para exigir su corrección y castigo.

Pero, al parecer, el volumen y la saña con que se acometen los crímenes en los últimos años han creado una especie de costra que impide que los ciudadanos exijan el cumplimiento de la ley y el restablecimiento del orden y la paz, o cuando menos sean tímidos o poco exigentes.

El pasado jueves el doctor Ramón Pichardo, director del departamento de Cirugía Maxilofacial del hospital Darío Contreras, dio a conocer cifras que deberían producir horror y hasta pánico. En esa modesta unidad, once médicos bajo su mando han tenido que atender 14,000 casos de violencia en que ciudadanos la emprendieron contra sus congéneres hasta desfigurarles el rostro.

El doctor Pichardo dio la cifra alarmado porque entiende que no tiene precedentes. ¡Y vaya que sí lo sabe porque es un veterano médico acucioso, de casi 30 años en ese hospital, y especializado en esa área!

Realmente a cualquier espíritu medianamente sensible estos datos deben conmover, pero, lamentablemente, parece que están pasando casi inadvertidos para los sectores que deben expresar indignación y para los que deben emprender su prevención, corrección y castigo.

Se debe tomar en cuenta que es un ritmo alarmante y el doctor Pichardo lanzó el alerta: son más de tres casos por hora, más de 75 casos por día, en promedio.

Personas con el rostro desfigurado por la violencia, principalmente de riñas y violencia doméstica, son algo que debe llamar la atención de la sociedad toda. Es un problema común que nunca podría ser resuelto por una persona y que requiere de la acción pública, encaminada por el sendero de la educación pero al mismo tiempo de la represión.

–II–

Pero lo alarmante de esta advertencia del doctor Pichardo es que haya producido poca alarma.

La indiferencia de los individuos entre sí es el peor castigo que puede tener una sociedad y es un signo ominoso de disolución a relativamente corto plazo.

Son muchos los ejemplos en la reciente historia humana que podrían citarse casi ininterrumpidamente pero que en este corto espacio resultan prolijos.

Para vencer al mal, se debe enfrentar. Más que palabras debe haber acción, acción punitiva de la ley y acción social de castigo moral de los congéneres.

La sociedad dominicana aprendió muy rápidamente a perdonar el crimen moral, como el robo de los fondos públicos, el crimen político y hasta las exacciones de líderes inescrupulosos. Una cosa fue llevando a la otra y ahora nos sentimos en el borde del abismo al tener que asimilar esos niveles de violencia de que habló el doctor Pichardo.

Para muchos, los que fueron siempre indiferentes, ahora proponen más violencia contra la violencia, lo cual es insano e impropio de una nación que se precie de civilizada o que aspire a serlo.

La incapacidad de alarmarnos ante la alarma es un factor de depresión moral peligroso y que debe la sociedad entera comenzar a corregir.

Es imposible pensar en la corrección de los problemas mientras sintamos que debemos ser indiferentes ante los males ajenos y permitirnos el lujo de hasta ignorarlos.

El compromiso de participar en una sociedad es asumir en sociedad la solución de los problemas.

No podemos seguir sin alertarnos ante las alarmas.