Nos toca la tragedia de Haití

http://hoy.com.do/image/article/483/460x390/0/0844338A-1D38-4CCC-BC01-9EF6AE69A2E9.jpeg

Se agotaron las palabras para describir la inmensa tragedia que se ha abatido sobre el hermano pueblo haitiano, que nos toca profundamente en primer lugar por la condición humana, por la vecindad y también porque sus consecuencias están llamadas a repercutir en este lado de la frontera.

Las escenas de destrucción y desamparo, de muerte y horror a que hemos asistido esta semana constriñen el espíritu y obligan a esfuerzos para contener las lágrimas, mientras nos resulta difícil comprender cómo la naturaleza se comporta de esa manera con el pueblo más pobre de todo el continente.

La tierra ha sufrido enormes sacudimientos, incluso  con mucho mayor número de víctimas, pero pocas veces ha barrido con todo lo esencial de un país, sin perdonar la sede presidencial, el parlamento, la catedral, el arzobispado, las edificaciones de las Naciones Unidas y varias embajadas, los hospitales, las escuelas, los edificios de las empresas telefónicas y de los bancos. Todo, el vacío.

Y al ocurrir en una nación de tan débiles instituciones y tantas precariedades, el sufrimiento inicial, la impotencia para socorrer a los heridos y a los atrapados por los escombros, y hasta para recolectar y sepultar a los miles de muertos se potencian en una inconmensurable tragedia humana y social.

Nunca se sabrá cuántas personas, niños, adolescentes y adultos, de todas las condiciones sociales, han perdido la vida con el impacto inicial. Ni tampoco cuántos agonizaron bajo los escombros sin encontrar auxilio en un mundo de tantas comunicaciones y tecnologías.

Una vez más se demuestra lo lento que es el sistema humano para acudir en el rescate de las víctimas de los sacudimientos telúricos, en contraste con la rapidez de la tecnología de la muerte tan eficiente para competir en capacidad de destrucción y desolación.

Hay que ponderar la presteza y generosidad con que la nación dominicana ha asumido la tragedia haitiana, sufrida como propia, como corresponde a dos pueblos unidos por la geografía y también por la pobreza y las limitaciones institucionales, allá en mayor grado, pero presentes también en el lado oriental de la isla.

Esa generosidad tiene que extenderse más allá del sacudimiento inicial, aún cuando la nación tenga que adoptar medidas de contención para evitar una cuota desproporcionada de las consecuencias del drama humano y social que arroja este sacudimiento telúrico. Pero hay que hacerlo con pleno respeto a la dignidad, al dolor y a la sensibilidad de los hermanos, sin pretender que el país pueda salir sin mayor costo de esta tragedia.

Nos toca también en cuánto este sismo viene a ratificar las advertencias de los expertos que sostienen que la isla está atravesada por dos fuertes fallas geológicas que cada cinco o seis décadas disparan energías  capaces de devastar las construcciones de siglos.

Lo peor es que algunos de los expertos que han estudiado la sismicidad de la isla consideran que todavía estamos en período en el que se puede esperar un fenómeno telúrico de mayor proporción. Tendríamos que preguntarnos si en realidad estamos preparados para resistirlo. Si hemos construido todo nuestro desarrollo urbanístico con respeto al código sísmico. Las más de un centenar de escuelas agrietadas en diversos lugares de la geografía dominicana, donde el sismo no pasó de los 5 grados Richter, deja serias dudas sobre qué nos pasaría con uno de 7 ú 8 grados. Baste recordar que a raíz del mediano sismo que afectó a Puerto Plata hace seis años y que colapsó varias edificaciones, una comisión oficial formuló una serie de recomendaciones que han quedado en el olvido.

Para las élites gobernantes, empresariales, intelectuales y sociales de Haití, esta tragedia deja tremendos cuestionamientos y desafíos, para que abandonen los comportamientos miserables, el infinito fraccionamiento y las ambiciones desmedidas que impiden concertar energías para construir instituciones eficaces y superar la indigencia.

Nos toca, claro que nos toca y nos duele la tragedia haitiana, que pudo haber sido nuestra en toda su magnitud.-