Noviembre

El mes de noviembre representa para mí la fecha más triste y dolorosa que pueda una persona recibir en su vida, especialmente porque son tragedias que sucedieron y que obligan a mi memoria a recordar, con profundo dolor y pena permanentemente.

Los motivos se originan en sucesos acaecidos distantes uno de otro con 40 años de diferencia, pero que tienen una connotación similar por la pérdida de seres queridos y respetados por mí que murieron para esa fecha.

El primero es que en octubre, noviembre y parte de diciembre de 1963 estuvo hospedado en mi casa paterna, asilado y protegido por todos nosotros, del acoso constante y desesperado que tenía la Policía y las Fuerzas Armadas buscando a Manuel Aurelio Tavarez Justo, Manolo, después del golpe de Estado del 1963, cuando fue derrocado el gobierno democrático del profesor Juan Bosch. Ellos jamás pensaron que Manolo podía estar viviendo en una de las residencias de la urbanización Naco, en la calle Mejía Ricart No.46.

Compartir con Manolo, día a día, los problemas que estaban sucediendo y al mismo tiempo preparando la insurrección que se planificaba y que tenía como propósito fundamental, el retorno y el establecimiento del gobierno legalmente constituido, del profesor Juan Bosch, fue realmente una gran experiencia para mí, porque pude conocer, durante ese tiempo, y en las conversaciones que a diario teníamos, el concepto claro y preciso de Manolo sobre los problemas que había que enfrentar y resolver que agobiaban a las mayorías del pueblo dominicano y que se iban a solucionar en caso que la insurrección triunfara.

Yo tenía una situación difícil y delicada, porque era el único enlace entre Manolo y los demás dirigentes del partido por razones obvias; no podíamos permitir visitas de nadie y tampoco llamadas telefónicas, para no crear sospechas de los vecinos, porque todos pedían la cabeza de Manolo.

La matanza de Manolo y su grupo en La Manacla, el 21 de diciembre del 1963, es el crimen más horrendo de la historia política dominicana, después de la matanza de las hermanas Mirabal; sin embargo ese asesinato vulgar y cruel, ha quedado impune y sin castigo; en esa atrocidad estuvieron involucrados civiles y militares, que estaban en el Palacio Nacional entonces y que nunca han sido mencionados ni tocados por la Justicia Dominicana, como si esa juventud no tuviera doliente ni pariente.

Los compañeros del 14 de Junio que estaban involucrados en ese proyecto, decidieron continuar la política, pero desde otro punto de vista y muchos de ellos olvidaron para siempre, con algunas excepciones, lo que enarbolaron como lucha política, la insurrección armada previamente planificada.

Veo con simpatía y satisfacción el reconocimiento que le está haciendo la Cámara de Diputados designándolo Héroe Nacional. Era hora de hacer justicia con la figura de Manolo, que fue uno de los jóvenes políticos más sobresalientes de su época y que gozó de un apoyo masivo del pueblo dominicano y que sacrificó su vida por la democracia dominicana.

Espero que los demás caídos en esa jornada reciban también el reconocimiento que merecen.

30 de noviembre del 2001. Eran las ocho de la noche cuando mi esposa y yo partíamos para la cena que había preparado mi hija Minerva para celebrar los ochenta años de mi existencia. Nos llamaron y nos dijeron que esperáramos que nos avisarían cuando fuéramos. Pero sucedió que mi hijo George que venía a la cena desde Villas del Mar, con toda su familia, tuvo un accidente al chocar con una pala mecánica que habían dejado en medio de la autopista del este, en construcción entonces y no sabíamos los resultados.

Comenzó la angustia y la desesperación de nosotros porque no teníamos noticias de lo ocurrido. Habían partido para allá mis hijos, José Sully, Augusto César y Julio César a averiguar el hecho ocurrido.

Ya entrada la noche, llamaron por teléfono y una de mis hijas me dijo: Papi José Sully te llama; cuando cojí el auditivo y le dije: dime mi hijo, respondió, sollozando: Papi George está muerto.

Dios mío, que conmoción estremeció mi cuerpo, no podía creerlo, pero era una realidad.

También murieron dos de sus hijas, nietas queridísimas de nosotros.

Que desgracias tan grandes, señores, me han tocado vivir en estos últimos 40 años. Primero Manolo y su grupo y después mi hijo George, Georgina y Marcelle.

Dios me ha dado fuerza y valor para resistir esas embestidas y poderlas sobrellevar; la escribo, con la esperanza que a nadie le sucedan cosas semejantes.