Nuestra crisis ética

CELEDONIO JIMÉNEZ
La sociedad dominicana actual está viviendo tiempos dignos de gran preocupación. Vivimos una crisis cuyas tendencias generales son hacia su profundización y en que algunos de sus aspectos hacen de nuestra atmósfera social un lugar donde se hace difícil respirar. Nuestra crisis es una crisis con múltiples variables. Abarca el ámbito político, económico, social, cultural, ecológico y ético.

Conjeturo, sin embargo, que en la coyuntura actual de nuestro país la crisis ética, el factor ético, es el sobredeterminante de las variadas formas y manifestaciones de nuestra crisis.

Partiendo de la anterior hipótesis, me planteo aquí hacer algunas caracterizaciones de nuestra crisis ética, identificándola con una serie de rasgos que considero fundamentales.

Primero, la falta de claridad, de certeza sobre qué es actuar con apego al bien, con apego a valores como la honradez, la responsabilidad, la bondad, etc. Hoy tenemos una falta de certidumbre sobre qué es lo bueno, qué es lo malo. Dado ese estado de conciencia, muchos entienden, y lo entienden como una conducta realista, que cuando una persona asume una función pública o privada y no hace aprovechamiento personal de su posición, es una persona tonta, es un “pariguayo”.

Dentro de esta condición, las normas o la visión sobre ellas son confusas, ambiguas.

Relacionada con estas ambigüedades encontramos lo que designaremos como crisis estética, la que por ejemplo se manifiesta claramente en lo que está pasando con muchos de nuestros actuales merengues y con los gustos a que han sido inducidos amplios conglomerados de nuestra juventud y de nuestra población nacional.

Segundo, la pérdida generalizada de la sensibilidad crítica frente al mal actual. En el país la conciencia se está embotando y se ha ido perdiendo la capacidad de asombro.

Muchos dominicanos y dominicanas frente a la tanta reiteración de hechos incorrectos, injustificados, terminan rindiéndose ante su supuesta inevitabilidad, siendo ganados por el pesimismo.

El individualismo campea. La indiferencia frente a los problemas “ajenos” se va asumiendo como práctica conductual predominante. La acción política no persigue realmente el bienestar general, ni se interesa por la definición de un proyecto de nación ni por las cuestiones cruciales de nuestra identidad. Las opciones o salidas de carácter individual son las prevalecientes, imponiéndose cada vez más una especie de “sálvese quien pueda”.

Tercero, la subestimación de la vida humana. Prevalece lo que se ha llamado “cultura de la muerte”, anteponiéndose la violencia a las formas pacíficas y dialogales para dirimir y resolver las diferencias y conflictos.

Se subestiman las condiciones dentro de las cuales se garantiza que siga existiendo la vida, Se olvida que la vida, la seguridad no sólo está amenazada por el terrorismo, sino que también está afectada principalmente por una serie de vulnerabilidades sociales y económicas.

Esta expresión de nuestra crisis ética es co-responsable de la ola de actos delictivos y de asesinatos que azotan el país. Cuarto, el desarrollo de una actuación que no promueve el desenvolvimiento de una vida digna. Esta conducta hace que el respeto a lo derechos del otro y la seguridad de todos no sea el norte para guiar la acción humana. La pobreza, la exclusión social como factores que impiden una vida digna son obviadas o sólo formalmente reconocidas.

En República Dominicana, como en el conjunto de los países pobres la atención a los valores espirituales son desatendidos ante las necesidades y urgencias materiales de la cotidianidad.

Hoy el dinero y las cosas que éste satisface son el nuevo dios. El lucro es el norte de la vida. Los dominicanos y dominicanas parecemos enloquecidos, fascinados por el deseo de tener. De tener y consumir mucho. De tener abundantemente, de manera rápida y fácil. Adoramos ser millonarios. Por eso hemos visto crecer tanto el narco-tráfico, el lavado y una gran variedad de modalidades corruptas dignas de un catálogo. Tanto han crecido las prácticas corruptas en nuestra sociedad, que con toda razón la sección “Que se dice”, del periódico Hoy, comentó en días pasados que si se les fuera a pasar audiencias a los corruptos habría que hacerlas en el Estadio Olímpico.

Las abundantes prácticas en el sentido anterior hacen de los intentos y procesos destinados al fortalecimiento democrático terrenos ampliamente minados.

Hoy una “cultura de engaño” se ha enseñoreado en una proporción importante de la población perteneciente a los estratos encumbrados, medios y depauperados de la sociedad dominicana, expresando esto una crisis generalizada en el orden ético y de valores.

Sentirse abatidos, derrotados pro la impunidad que se exhibe en nuestro país constituye también una expresión de nuestra crisis ética.

La dimensión y las consecuencias que tiene para nuestra sociedad el cuadro ético aquí expuesto, obligan a actuar ya, obligan a desplegar una cruzada nacional que sacuda todas las conciencias y conduzca a la acción. Para superar este cuadro es indispensable realizar un esfuerzo social integral. Las dificultades de la escuela dominicana, la seria crisis de la institución familiar en nuestro país demanda de un esfuerzo en que además de una y otra, participen los medios de comunicación, las iglesias, las universidades, las entidades empresariales, los gremios profesionales, los partidos, los cuerpos armados, las organizaciones identificadas como no gubernamentales, etc.

En este momento que vive la sociedad dominicana hay que actuar. No procede ni el aislamiento individualista o de grupos, ni el pesimismo desmovilizador. Aunque la situación es bastante difícil todavía estamos a tiempo. Pero hay que comenzar ya.