Nuestra responsabilidad
en la inmigración haitiana

M. DARÍO CONTRERAS
Últimamente se ha intensificado nuestro problema migratorio con los vecinos haitianos, si es que nos guiamos por la cantidad de espacios noticiosos que se ocupan de este tema. Culpamos principalmente a potencias extranjeras de querer resolver los serios problemas de Haití mediante la incorporación de los depauperados vecinos a nuestra economía, no obstante nosotros albergar en nuestro reducido territorio a una inmensa cantidad de emigrantes ilegales haitianos, que de alguna manera sobreviven y crían a sus familias en nuestra subdesarrollada y pequeña nación, en condiciones similares a muchos de nuestros compatriotas sumidos en una pobreza parecida.

Sí, es cierto que los dominicanos no podemos olvidar nuestras luchas contra los ejércitos invasores haitianos y sus actos de lesa humanidad contra una población civil e indefensa cuando intervenían en nuestro territorio, lo que en ocasiones ha dado motivo para actos aislados de maltrato por parte de los dominicanos, a excepción de lo ocurrido en 1937 durante la dictadura de Trujillo. Pero somos una nación con una de las menores tasas de discriminación racial del mundo y de mayor apertura hacia la inmigración. Es tal nuestra apertura que rayamos en la indolencia, la desidia y la falta de patriotismo en la forma que protegemos nuestras fronteras. Es bien conocido cómo nuestra frontera con Haití es fuente de trasiego ilegal de indocumentados hacia nuestro territorio, en las mismas narices de los que supuestamente deben cuidar y defender nuestra soberanía, soberanía que hoy consideramos agraviada ante las acusaciones internacionales de maltrato hacia los haitianos residentes en nuestro país.

Hoy nos proponemos resolver – mejor diríamos paliar – la situación de los indocumentados haitianos mediante reforma constitucionales, modificación de leyes e inclusive haciendo blanco de nuestras frustraciones a una mujer de padres haitianos, que así como ocurre con millares de otros “ciudadanos dominicanos”, podría cuestionarse la legalidad de su nacionalidad. Tal como ha sucedido con los guardianes de nuestras fronteras, también en las Oficialías de Estado Civil ha imperado la falta de valores patrios, donde se ha traficado con uno de los atributos más preciados de la persona humana: su nacionalidad. Hemos caído, y es doloroso admitirlo, en una situación de indigencia moral donde todo se vende y todo se compra, como si la dignidad y la conciencia fueran mercancías que el poder del dinero puede adquirir en un bazar de artículos perecederos.

La gran cantidad de ilegales haitianos, y de otros ilegales de distintas nacionalidades que conviven y comparten nuestras riquezas y miserias, así como muchas otras lacras que hoy nos asustan y envilecen, son en gran medida de nuestra propia hechura y creación. La sociedad dominicana ha cambiado radicalmente en las dos últimas generaciones, producto principalmente de influencias externas traídas en el lomo del caballo de la revolución tecnológica en las comunicaciones y con la llamada globalización. Hemos sido muy abiertos a un cambio conductual que no hemos sabido acompañar con la firmeza de aquellos valores, que a través de los siglos, han servido de orientación y guía en la integración del carácter del ciudadano responsable y consciente de sus deberes y derechos, indispensables para convivir en armonía en una sociedad abierta y plural. En muchos sentidos, hemos marchado hacia atrás en cuanto a la reciedumbre moral del dominicano, aún en comparación con los años de la Era de Trujillo, que es mucho decir. El relajamiento de las  costumbres y los valores del dominicano es un asunto que merece nuestra más seria atención y consideración. Las leyes y otras medidas similares no son suficientes si las mismas no se acompañan del requisito obligatorio de que se cumplan por parte de las autoridades y de los ciudadanos. Y esto, señoras y señores, requiere trabajar con tesón y ahínco la formación en los valores complementado por un sistema educativo de primera, de igual acceso para todos, que no sólo se ocupe de la mente sino también del cuerpo, y del espíritu de solidaridad e identificación que debe unir a los ciudadanos de un mismo país. Pero detrás de esta crisis moral que nos envuelve, se encuentran la pobreza y la gran inequidad social que la acompaña, motivos suficientes para explicar la creciente ola de delincuencia que cubre la geografía nacional, pero esto es un tema para otra ocasión.