Nuestra segunda muerte se llamaba…

Se llamaba Rachel Corrie, era una pacifista norteamericana de 23 años de edad que hace pocos días fue asesinada en la Franja de Gaza por las fuerzas de ocupación israelíes.

Parada frente a un bulldozer judío creyó que respetarían ese escudo humano lleno de dignidad y altruismo a favor de las poblaciones palestinas arrasadas. La pala mecánica le echó tierra primero y después le pasó por encima.

No valieron los avisos ni la ayuda de sus otros compañeros pacifistas. Las imágenes muestran a una gringuita joven e ingenua que siendo mujer y no importa que venga del país más poderoso de la tierra puede ser destruida sin más. Era mujer y basta.

Por el correo electrónico Delta Soto me envió esas imágenes atroces, testimonio elocuente de un asesinato sin discusión.

¿Los israelíes de Sharon se habrán olvidado de las historias del Holocausto o esto tiene alguna justificación bíblica o histórica?

¿Habrán matado a Rachel Corrie porque amenazaba la seguridad nacional de Israel?

Por otro correo electrónico, las Mujeres de la Red de Salud Latinoamericana me cuentan la historia de una muchacha jujeña, que cometió infanticidio y está presa desde hace veinte meses en una cárcel de Jujuy, en el nordeste argentino. Violada a los quince años por el dueño de unas tierras, fue amenazada con la muerte de su padre si decía algo. Cuando nació la beba solo atinó, en la desesperación a ahogarla entre sus manos. Ahora está en prisión acusada de infanticidio.

La historia de violación, derecho de pernada y condiciones feudales en el norte argentino mueven a indignación y me recuerdan que el relato de esa Bolivia ancestral no es ajeno a tanto horror y práctica feminicida.

Frente a la computadora pensando en la tercera entrega de esa historia de violencia contínua que es la historia de Bolivia recordé la película de Jorge Sanginés, “Yawar Mallku”.

Una gran obra que denuncia la esterilización en masa de mujeres campesinas por miembros del llamado Cuerpo de Paz norteamericano.

Sobre esa línea temática central se articula el proceso de toma de conciencia de un joven indio comunario inmigrado a la ciudad en donde comprenderá que está de todos modos excluido de esa sociedad racista y discriminatoria.

Sixto comprenderá lo que pasó con su mujer en la sierra, descubrirá el juego perverso de los supuestos médicos norteamericanos y tal verificación acabará por devolverlo al seno de su grupo original. La película fue interpretada por actores naturales, fue la primera película hablada en quechua, estuvo a punto de ser prohibida por la autoridades municipales y provocó una movilización de la opinión pública de tal envergadura que “Yawar Mallku”, terminó por influir decisivamente en la expulsión del Cuerpo de Paz, registrada poco tiempo después. Hoy día, 30 años después recuerdo el blanco y negro de la fotografia que era magistral y escucho la voz del personaje femenino que acaba de ser esterilizada sin su consentimiento llamando a Sixto.

¿Que tienen que ver la norteamericana asesinada por los judíos en tierras palestinas en el 2003, la argentino jujeña presa y acusada de infantidio o la colla esterilizada sin su consentimiento treinta años atrás?

Sí, tiene que ver, y mucho. Porque en definitiva las tres encarnan siglos de vejaciones, asesinatos y genocidio en nombre de la supremacía masculina o de esa infame organización del patriarcado que sólo ha traído lágrimas y derrota para las mujeres.

El 25 de noviembre ha sido instaurado como el Día de la no violencia contra la mujer, y por Dios qué ejercicio de cinismo, cuando aquí no hay que referirse a las Mirabal para encontrar un ícono de la infamia sino que desde tiempo inmemorial se practica el feminicidio descarado e impune.

Para documentarme tomé el libro de Jean Michel Deveau, “Mujeres esclavas de todos los tiempos” y no hay un sólo siglo desde la Antigüedad hasta nuestros días donde no se verifique y reconfirmé el asesinato en masa, la prostitución, el trabajo extenuante hasta la aberración y una decisión patológica por parte del patrón de turno del exterminio contra la mujer desde la antigüedad hasta nuestros días.

El libro se inicia con un relato de lo que pasa en la factoría de mongo Théodore Canot en 1827.

Al igual que sus colegas, Canot había obtenido este título de mongo, que podría traducirse por señor negrero, al construir su establecimiento a orillas del río Níger para transportar a los esclavos negros al nuevo continente. Eran piratas internacionales, la escoria de la marina inglesa, francesa portuguesa, española o americana, negreros vulgares y silvestres que hicieron atravesar por el océano a millones de esclavos.

La historia no tiene final feliz y concentra siglos de relatos donde el drama comienza con la aparición del hombre y detalla el destino de millones de mujeres sacrificadas en aras de la libertad, encadenadas, maltratadas, asesinadas para la exclusiva comodidad de sus verdugos.

Y no se trata de hacer una antropología justificadora, ni de explicar el momento histórico en sus implicancias sociales, económicas o políticas, el escándalo es que se perpetúa hasta la actualidad, que siempre hay un mongo en nuestros días, y lo que es peor que nadie haya pensado en denunciarlo en su trágica continuidad y que los nombres se sucedan como si nada pasara y que la indiferencia o la rutina nos gane.

Como diría Jean Michel Deveaux: “Es este silencio, segunda forma de asesinar a las víctimas lo que este libro quiere romper”.

Por eso no importa cómo se llamaba la norteamericana asesinada en la Franja de Gaza, ni la jujeña violada y asesina de su recién nacida, ni la esposa boliviana de Sixto, en 1969, ni las Mirabal asesinadas en la Cordillera Septentrional de República Dominicana, ni Margaret Targent encarcelada por enseñar métodos anticonceptivos en la New York de principios del otro siglo o Evangelina Rodríguez, desquiciada mentalmente, apaleada y muerta de inanición por servir a las mujeres y los niños de San Pedro de Macorís.

Lo importante es relatar una y otra vez, con morosidad enfermiza, hasta el hartazgo y la extenuación, con paciencia de apasionada, la larga historia de una infamia. El largo genocidio de las mujeres a través del tiempo y sobre todo entender a cabalidad que no contarlo ni repetirlo hasta la saciedad implica nuestra segunda muerte.