Nuestras huellas más antiguas (y 2)

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PAIS BAJO TIERRA

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Nuestras huellas más antiguas (y 2)

Por Domingo Abréu Collado

Las marcas de pies descubiertas por el Espeleogrupo en la Cueva del Puente no se corresponden con los motivos rupestres acostumbrados por los antiguos artistas prehispánicos. Son al parecer huellas de pies descalzos de un aborigen que visto desde una distancia de más de 500 años “deambulaba” por las paredes de la cueva, quizás en una búsqueda divina de luz si lo vemos a través de la niebla alucinante de la cohoba o que intentaba alguna comunicación con la deidad representada por los murciélagos, de los que existe una población importante a la entrada de la espelunca donde están las huellas.

En el arte rupestre aborigen dejado tanto en las paredes de nuestras cuevas como en ríos y otros lugares de la Isla, abundan formas humanas muy diversas: cuerpos completos, cabezas, manos, brazos, pies, órganos genitales, ojos y orejas. Abundan cuerpos humanos en diferentes actitudes y posiciones, incluso presentando las manos o accionando los pies, pero muy raramente entrando en los detalles morfológicos y fisiológicos como dedos, es decir, las diferencias entre los dedos de los pies. Una de estas rarezas ocurre con las manos esgrafiadas en rojo de la cueva Pocimán de las Avispas, y estampadas en el mismo color en la Cueva de las Manos, en Pedernales, donde se aprecian en detalle cada uno de los dedos.

Por lo regular, tanto manos como pies están representados en el arte rupestre indígena con tres o cuatro dedos representados por líneas rectas u ocasionalmente curvas. Pero en el caso de las huellas de pies reportadas por el ESPELEOGRUPO, aunque se aprecian los detalles de los dedos, no se trata de un intento artístico, sino del resultado de una presencia, de una acción, de un movimiento que dejó la huella.

Si hubiera sido la intención el plasmar una huella como un ejercicio de investigación pictórica se hubieran plasmado no dos o tres huellas de pies, como las que están en la cavidad, sino que las pisadas impresas en la pared probablemente hubieran sido decenas.

[b]La importancia de unas pisadas[/b]

Con los animales y las plantas amenazados ocurre algo cuyo dramatismo y fatalidad han sido resumidos en una frase cuasi lapidaria: la extinción es para siempre. Con la especie humana ese drama está tan lejos que sólo mencionar la posibilidad de su extinción coloca el tema fuera de toda discusión, no obstante las predicciones sobre el cambio climático, la cercanía de una cuarta glaciación o el estallido de una tercera conflagración mundial y atómica.

Sin embargo, en lo ocurrido con las culturas indígenas que ocuparon las Antillas, la frase “la extinción es para siempre” entra a nuestro presente con toda su pesada carga de culpabilidad. La extinción de los Taínos, Ciboneyes, Ciguayos, Caribes y otras culturas encontradas por los españoles a su llegada, es un hecho cuyo bochorno nos lastrará la vergüenza toda la vida.

Encontrar unas pisadas, unas huellas de pies, es como entrar en contacto con un momento que aún no termina, un momento de la vida de un joven aborigen, unos minutos que quedaron capturados y en movimiento a través de sus huellas. Resulta hasta desesperante no poder ir más allá, es decir, no poder saber la razón de su existencia, el porqué de su presencia en esa pared, qué motivos le hicieron moverse contra la gravedad o en qué estado mental se encontraba en esos momentos.

Lo del estado mental viene a colación tomando en cuenta lo descrito por los cronistas de indias en torno al uso de alucinógenos por parte de nuestros taínos, principalmente lo dicho por Fray Bartolomé de las Casas y Fray Ramón Pané. El primero refiere que luego de sorber por la nariz el polvo alucinógeno de la cohoba “salían luego de seso cuasi como si bebieran vino fuerte, de donde quedaban borrachos o cuasi borrachos.”

Por su lado, Fray Ramón Pané, explica sobre el alucinógeno que “les embriaga de tal modo, que no saben lo que se hacen; y así se dicen muchas cosas fuera de juicio, en las cuales afirman que hablan con los cemíes,…” Es de suponer que, realizando la cohoba en las cuevas, el “fuera de juicio” o salidos “de seso” como indican los cronistas les llevara a moverse de manera incluso temeraria por algunas zonas de las cuevas.