Nuestros Intelectuales

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Me ha enseñado la experiencia –a la que suelo conceder más fe que a los libros- que la sensibilidad artística, la cultura y la facilidad para expresarse con donaire y propiedad no son garantía de firmeza ética ni de integridad personal. El medio en el que se mueven nuestros intelectuales y escritores está plagado de vicios. Y el primerísimo y principal de ellos es el que impulsa al hombre de letras a denigrar a sus correligionarios con el fin de fundar la excelencia del propio quehacer sobre las ruinas de la saboteada labor ajena.

En efecto, diera la impresión de que en nuestro mundillo artístico el individuo que desea sobresalir sólo encuentra un medio para lograrlo: rebajar el mérito del vecino… La mezquindad de nuestros intelectuales sólo se siente satisfecha cuando el talento de los demás, a fuerza de maledicencia, diatriba y envenenada sorna, ha sido socavado.

Empero, dejemos para ocasión más propicia la enojosa descripción de un mal harto conocido, y, antes bien, consagrémonos a la tarea, acaso no menos ingrata, de sopesar algunas de las causas que lo han hecho proliferar y, por decirlo de  modo para nada eufemístico, institucionalizarse… ¿Por qué se comportan así nuestros escritores y artistas? ¿A qué atribuir que se dediquen con fanatismo de conversos a la difamación de sus colegas? ¿Por qué, en lugar de concentrarse en el enriquecimiento espiritual que proporciona el trabajo creador, se entregan a la práctica de sacarse unos a otros los ojos  cual verdaderos profesionales de la inquina?

He aquí la única explicación que he logrado hallar: nuestros intelectuales y artistas no pueden ser mejores que la sociedad que los genera. Una cosa es la cotidianidad de la existencia en la que se forjan los hábitos de la convivencia social, y otra muy distinta las aptitudes literarias y el talento creador. El talento –como era de esperarse- abunda en nuestro país tanto como en otras partes del mundo. Pero sucede que lo restringido de nuestra elite cultural –aquí la cultura es un islote insignificante en medio de un piélago de ignorancia y analfabetismo-, la ausencia de criterios profesionales, la facilidad con que cualquier farsante accede a los medios masivos de comunicación para promocionarse y la tendencia festiva que arrastra a la bohemia y la francachela etílica son barreras –no las he mencionado todas- contra las que el ímpetu de la inteligencia y la sensibilidad se da de bruces, y en tan desigual choque termina por romperse la quijada.

Y, tengámoslo por seguro, nada es más peligroso, nada es capaz de acumular tanta ponzoña como un artista frustrado. Nuestro artista se frustra porque carece de suficiente entereza para nadar en contra de la corriente; hijo al fin y al cabo de una sociedad competitiva en la que priman valores comerciales, termina por subordinar a estos la mayor parte de su tiempo y energía. El chisme usurpa así el lugar de la investigación, la vacua charla de café sustituye a la lectura, el cálculo y la simulación ocupan el espacio que nunca debió incautársele a la sinceridad.

En medio de tan asfixiante atmósfera, de tan opresivo clima espiritual, el discernimiento y la aptitud, si alguna vez los hubo, acaban por perecer ahogados.  Porque cuando la inteligencia no va acompañada de generosidad, cuando la sensibilidad artística no fraterniza con sólidos principios morales, entonces lo que hubiera podido ser un prodigioso don se convierte en el peor de los flagelos.

Amoralidad y oportunismo son síntoma de atraso… Oportunistas y amorales han sido, en su mayoría, nuestros artistas e intelectuales. Y casi estoy por pesar que más nos valiera quedarnos sin arte y sin intelecto si es tal el precio a pagar por no seguir sufriendo  los estragos de la docta envidia y la erudita mezquindad.