Nuevas esperanzas

No es que haber nacido en Italia, Alemania o cualquier otro país europeo, asiático o africano pueda constituir una garantía, como no implica garantía de altos valores morales haber llegado a este complejo mundo en una América maltratada y abusada por los más fuertes.

Siempre los más fuertes abusaron de los más débiles. De esto surge “la nobleza”, aquellos que despojaron de sus bienes a los más incapacitados para defender sus propiedades y se  convirtieron  en “sus señores”.

Con una tradición milenaria del ejercicio de la fuerza, de la imposición a la obediencia sumisa, no es de extrañar que los jerarcas de cualquier índole llegasen a considerar (o hacer creer) que su predominio provenía de Dios.

Igual pasó con la Iglesia. La opulenta, ostentosa e imponente silla en que se sientan los papas es llamada “la silla del apóstol Pedro”.

El piso alto en que fue celebrada la última cena no tenía nada del Palacio de Versailles, sino un piso de piedra, del cual guardé un pequeño trozo de la esquina de una de las piedras, que se soltó a mi paso. Lo hice montar en bordes de plata, sin perjudicar la forma original de la pieza. No tenía nada de magia, sino de historia. Se lo regalé a una señora muy devota que no supo apreciarlo, a pesar de que le dije “Probablemente Jesús pisó esta piedra, porque la habitación es pequeña y por lo menos sabemos que estuvo allí”.

Donde sé que no estuvo es en la imponente Basílica de San Pedro en Roma (pobre Pedro, un sencillo pescador que usualmente se sentaría en el suelo o en el tronco de un árbol a falta de una banqueta o una rústica silla).   

La Iglesia católica tiene que poner muchas cosas en su lugar y sobre Francisco, el nuevo pontífice, recae una tarea enorme y peligrosa que él valora con claridad   y justeza porque sabe, sobradamente, que va a requerir decisiones que atentan y perjudican grandes intereses económicos y modos de vida de los eclesiásticos de cualquier nivel, ya que se trata de paralizar o moderar el funcionamiento de una poderosa maquinaria aceitada por siglos de experiencia.

¿Una iglesia pobre, para los pobres? Un retorno al esfuerzo humanamente posible para seguir las exigentes enseñanzas de Cristo como en  los primeros tiempos del cristianismo, “mutatis mutandis”,  es muy difícil  de lograr , pero creo que un papa bien intencionado y valiente, sencillo y cargado de fe, puede acercar su iglesia a tan alto propósito. 

La hermana de Jorge Mario Bergoglio (hoy papa Francisco), María Elena Bergoglio, ha declarado: “Gracias a Dios, Francisco sigue siendo Jorge”.

Ya empieza a dar pruebas de valentía, presentando señales de un nuevo estilo en otro terreno, circunstancias y consecuencias. Las dio repetidamente durante la última dictadura argentina, cuando tan solo era superior provincial de los jesuitas e hizo cuanto pudo, poniéndose en peligro, para salvar a los opositores de la muerte y de las horrendas torturas del régimen militar. Se atrevió a visitar, en dos únicas ocasiones, a los generales Videla y Masera y logró ocultar, y luego obtener la liberación de prisioneros políticos. En ese tiempo Bergoglio no era ni siquiera obispo, no se trataba de una figura de primera magnitud.

Hoy lo es. Y despierta esperanzas.