Nunca será otro día en Boca Chica

Hace unos días volví a sentir rabia, impotencia y, en cierta forma desesperación. Escapar de lo que presenciaba y me imaginaba de la vida monstruosa de preadolescentes entre 10 y 13 años, que deambulan en la playa de Boca chica y sus entornos. Niñas que venden flores o le hacen una promoción a una tienda o Spa del lugar.

A su poca edad, la vida riesgosa y la falta de familia sana y de lugar sano, les ha enseñado a convivir con el riesgo, asumir conductas riesgosas, pero también, tener que practicar el riesgo: prostitución infantil, explotación sexual, maltrato psico-emocional, abandono escolar, enfermedades de transmisión sexual, embarazo en adolescentes etc. Las adolescentes han aprendido el lenguaje y la simbolización del comercio sexual; saben coquetear, se dejan tocar por adultos irresponsables, miran de lado, se expresan a través del lenguaje corporal, el permiso de tocar las flores y a ellas. Andan vestidas con pantalones cortos y blusas a media talla.

Caminan de un lugar a otro, se exponen, presentan las mercancías: flores, cintillas, publicidad en papeles, etc. Lo hacen con picardía y con la inocencia propia de la mentalidad del adolescente. En cada paso, en cada parada, los lobos le miran, algunos le compran, otros, le compran y la tocan el cabello o la espalda. Pero también hay varones que se creen con habilidades de hombres para las turistas y mujeres visitantes. Ellos se lanzan, con más derechos culturales y más permiso del entorno. Es un ambiente de ruidos, de música, motores, alcohol, tabaco y otras cosas. Al menos, los adolescentes parecen sentirse adaptados al igual que el resto de adultos, y de turistas que deambula por todo el entorno. Allí, en Boca Chica, por lo bajo se habla y se comenta del negocio de la prostitución infantil, de la pederastia y el comercio sexual con menores.

Las niñas ríen, hacen cuentos y bailan. Alguien le gratifica con alimentos, refrescos y algunos centavos. A esas niñas no ha llegado la Tanda Extendida de la nueva escuela, ni los programas tecnológicos, ni la reinserción psico social de adolescente en alto riesgo. Viven la tarde y la puesta del sol y, hasta la prima noche, ofertando la flor marchitada por las manos, el sol y la briza del mar. En ese mundo se mueve de todo y, lo peor aún, se practica y se habla en presencia de todos: de autoridades, padres, madres, cristianos, ciudadanos, y de lobos y monstruos que se alimentan y se lanzan a la cacería de niñas y adolescentes para prostituirlas. Esa penosa y vergonzante realidad ocurre a poca distancia de la ciudad capital. Literalmente, los niños y adolescentes no tienen protección. Nadie puede auxiliarlas, fiscalizarlas y servirle de factor protector, para una vida digna, decente y para la felicidad. Las niñas y adolescentes de Boca chica tienen la esperanza de que algún día habrá un mañana, diferente, donde su cuerpo, su sexualidad, su pensamientos y valores no sean comprados. Ellos esperan vivir en una sociedad de consecuencia, sin silencio cómplice y en un estado de derecho para todos y todas.