Obama: agenda cubana

Insisto: de Barack Obama no debemos esperar un cambio trascendental de los intereses norteamericanos. Es una gran potencia global con intereses estratégicos. Lo que sí podemos esperar, ojalá sea así, es una forma distinta de defender y procurar esos intereses. Si efectivamente es consecuente con las expectativas creadas le habrá de ir mejor a los Estados Unidos y al resto del mundo.

Uno de los conflictos más viejos que le guarda la agenda internacional al nuevo presidente es el de Cuba, superado en tiempo solo por el árabe–israelí y la Guerra de Corea que, recordemos, técnicamente, no ha terminado; está bajo un armisticio.

En una visita efectuada hace unos pocos años al Departamento de Estado en Washington, le hube de expresar al Subsecretario para Asuntos Latinoamericanos que EE.UU. le había permitido al sistema cubano demostrar que podía sobrevivir por decenios contra los EE.UU., pero que no le había posibilitado demostrar cuánto podría resistirse a cambios en un escenario con los Estados Unidos. Van 50 años.

Desde Eisenhower a nuestros días han pasado diez presidentes por la Casa Blanca lidiando con la Revolución Cubana sin llegar a entender que, al menos en lo que se refiere al conflicto político bilateral, existen fundamentos históricos anteriores que la propaganda oficial cubana es muy eficiente en hacer recordar. En consecuencia, han insistido en aplicar una fórmula contra Cuba que no ha dado resultado. Kennedy, anunció un cambio y fue una de las causas de su condena a muerte; Carter dio pasos trascendentales que debían concluir en un segundo mandato que nunca llegó y Clinton fue víctima de incoherencias que frustraron las posibilidades.  

¿Qué es de suponer que haga Obama para empezar a revertir la situación? Espero que en el corto plazo elimine las restricciones de Bush: los familiares solo puedan remesar 100 dólares cada tres meses y visitar a sus familiares una vez cada tres años. Lo apoyaría la inmensa mayoría de los cubanos en EE.UU. y significaría un gran alivio para los cubanos, en Cuba, en las actuales circunstancias.

A partir de ahí las condiciones estarían dadas para probablemente la medida más audaz: autorizar la visita de norteamericanos a la isla. ¿Imaginan el impacto de un millón de norteamericanos por las calles cubanas? Y no me refiero solo al efecto económico sino al político.

Esto levantará un polvero en sectores radicales. Prepárese, entonces, el Presidente, para presenciar la provocación de una crisis con Cuba que obligue al Presidente a abortar todas esas medidas. Cuando Carter avanzaba en esa dirección “surgió” la crisis de los “marielitos” y a una de las causas de la derrota de Carter para la reelección. Cuando Clinton parecía buscar una solución “apareció” la crisis del derribo de avionetas que sobrevolaron La Habana.