Obama en La Habana, Cuba

Quizás ahora sí se merezca el Nobel de la Paz, premio que le fuera concedido precipitadamente apenas llegar y poner los pies sobre la escalinata, quizás por ser el Primer Presidente negro en ocupar la Casa Blanca desde que trece antiguas colonias inglesas decidieron aprobar la Declaración de Independencia en 1776 y fundar lo que hoy es mundialmente conocida como una gran nación, todopoderosa, llamada Estados Unidos de Norte América.
Como un hermoso intento de ponerle fin a tanta maldad, a tanta incomprensión, intolerancia y abusos, habrá de ser celebrado la visita del Presidente Barack Obama a La Habana, Cuba, poco tiempo después que lo hiciera el Papa Francisco por la Paz del Mundo, hastiado de guerras insensatas y destructivas, de crímenes lesa humanidad, de terrorismo infecundo y fundamentalismo irracional. Guerra Santa religiosa o del Capitalismo Salvaje, egoísta, inhumano, despiadado. Guerra del Petróleo.
El camino no ha sido ni será fácil. Ha sido escabroso y, por algún tiempo, lo seguirá siendo. Existen demasiados intereses yuxtapuestos. No solo ideológicos. No se quiebra fácilmente una revolución impregnada de nacionalismo, de grandes conquistas sociales, con sus limitaciones, defectos y fracasos, ni claudican sus enemigos y fanáticos de bando y bando porque vean flotar juntas las dos banderas, ni porque sus líderes políticos se estrechen las manos mientras el diálogo fluido no se fortalezca en hechos concretos y continúen las negociaciones basadas en el respeto mutuo y sano propósito de allanar el camino de la comprensión, la colaboración recíproca, sin trampas, recriminaciones, ni amenazas. Es mucho lo que está en juego y lo que se espera, sin llegar a excesos. El prestigio de los mandatarios, el bienestar de ambos pueblos en un nuevo clima de distención y convivencia solo la historia podrá juzgar analizando sin prejuicios los hechos y sus circunstancias, los comportamientos registrados en la balanza del Derecho Internacional, de la moral política y del bienestar de los pueblos.
Los pueblos quieren vivir en paz y armonía. Vivir en libertad. Quieren que se les reconozca su independencia y se respete su soberanía. No desean ser oprimidos ni gobernados por naciones extrañas a su cultura y su idiosincrasia. Quieren que sus gobernantes igualmente sean respetuosos de la Constitución y las leyes, protejan los derechos de sus conciudadanos, preserven el bien común y cuiden el uso y aprovechamiento del medio ambiente y sus recursos naturales.
Cuando un pueblo se une en esos ideales y decide defenderlos, no hay poder que se lo impida. Es lo que nos enseña la historia. Pero es preciso que los pueblos quieran romper sus ataduras. El estancamiento político, social y económico, bueno para nada. Que no sea el conformismo y la respuesta esperada: “¿Como está todo? – “Todo está bien”. Cuba y los Estados Unidos están viviendo un momento estelar de la Historia. Están cobrando conciencia de que así no puede ser. También nosotros, y muchos otros pueblos del mundo, debemos armarnos espiritualmente para despertar hacia un positivo cambio de vida.