Obispo Valentín Reynoso Hidalgo

Con el papa Benedicto XVI en 2008.

Reportaje. Para nombrar un obispo se toma en cuenta su vida espiritual, el itinerario pastoral, la formación humana e intelectual y muy especialmente su capacidad de liderazgo y su experiencia como pastor. Tiene que ser capaz de echar adelante todo un pueblo, toda una diócesis en todos los aspectos.

Monseñor Valentín Reynoso Hidalgo, el primer obispo de los Misioneros del Sagrado Corazón en la República Dominicana, hace la explicación pero mientras expone se repara en todas las virtudes que adornan a este religioso sencillo, humilde, laborioso, devoto, y se concluye en que tuvo más que merecido el título que ostenta sin vanagloria.

En sus 38 años de sacerdocio ha sido inspiración y guía para seglares, seminaristas, novicios, es ejemplo de crecimiento personal, profesional y de trabajo intenso, solo detenido por la enfermedad que ha interrumpido su acompañamiento a los enfermos, la formación de ministros, diáconos, presidentes de asamblea y otros agentes que auxilian en la Iglesia.

En el país y en lugares del mundo donde ha estudiado y servido, llaman padre Plinio a este dulce purpurado que con acento humorístico confiesa ser de nacionalidad campesina, de religión agricultor y que se proclama “iletrado” a pesar de la abundancia de sus estudios, más meritorios por el sacrificio y el esfuerzo que representaron para el muchacho, que ingresó tarde a la escuela y llegó al seminario pasado de años.

Dos ríos de El Guayabo, el campo de Nagua, provincia María Trinidad Sánchez, donde nació el 16 de diciembre de 1942, le impidieron conocer a tiempo las aulas. “Jagua” y Riote” siempre estaban crecidos, entorpeciendo el paso al centro escolar ubicado a 7 kilómetros de la casa donde Plinio era el mayor de los hijos de Ramón Reynoso y María Altagracia Hidalgo.

Don Ramón quería que el primogénito estudiara pero que al mismo tiempo trabajara la tierra. “No quería flojarme”, cuenta el tierno cura con alegría que contagia. Cultivaba víveres, cacao, café, arroz de tierra seca y de ciénaga, sembraba, chapeaba, desyerbaba con amor y entrega admirables. El papá apreciaba sus servicios y el joven debió aprender a leer y escribir a los 13 años, por las noches, en una escuela de alfabetización.

Fue al cumplir los 15 cuando se inscribió y tuvo como primer maestro a Ramón Solís Sánchez, que se interesó seriamente por la educación de Plinio, llegando hasta el hogar del alumno a convencer al padre quien, pese a atrasar al hijo en escolaridad lo formó en religión y le enseñó a amar al Corazón de Jesús, a deleitarse con las “Horas Santas”, a venerar a María.

Las ansias de Plinio por el estudio eran vehementes. Devoraba “todo lo que tenía letras”: la Biblia, Amigo del Hogar y los libros de Derecho de su tío Atilano Reynoso, abogado. Por eso no entró a primero sino a quinto grado. Al concluirlo, un seminarista, Pedro González Polanco, le animó a entrar al seminario. Se presentó pero lo consideraron “muy viejo para estar entre muchachos”.

Misionero. Conocía desde Nagua la labor de los Misioneros del Sagrado Corazón. Contaba con la vocación. Además, los sacerdotes Alfredo Lambert, Marcelo Simard y los hermanos Rodolfo Ryan y Cleofás Laverdiere, le habían orientado aunque para Plinio, “el Seminario fue una escuela de aprendizaje”.

Lucas Lafleur, Raymundo Savad, Emiliano Tardif, Bruno Joyal, Rosario Hebert y los hermanos dominicanos Néstor Espinal y Bienvenido Tolentino fueron sus formadores en el seminario de San José de las Matas.

“Al terminar ese curso preparatorio empecé el bachillerato pero el estudio más fuerte era el latín, los estudios de filosofía y teología eran todos en latín”. Plinio es un experto latinista que además habla inglés, francés, español, italiano, portugués, papiamento, holandés “y cibaeño” que predomina en sus giros, entonación, vocablos.

Roma, Santo Domingo, Francia, Curazao, no han desplazado esa “i” arraigada en su léxico. Es difícil cuando después de Nagua y San José de las Matas residió en Licey, Sabaneta, Las Charcas, Moca, Dajabón, Loma de Cabrera, educando y animando a la gente y promoviendo la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Fueron 63 las parroquias, “desde La Enea, en Higüey, hasta El Pino y Los Almácigos” donde participó en la creación de hermandades.

Debió concluir la secundaria en el Loyola y desde entonces continuó un indetenible trayecto de aprendizaje: tres años de filosofía en el Seminario Mayor Santo Tomás de Aquino, estuvo entre los fundadores de esa carrera en la Madre y Maestra, en el Seminario Santo Tomas de Aquino concluyó cuatro años de teología y después que monseñor Juan Antonio Flores le ordenó sacerdote en Nagua, el 8 de noviembre de 1975, cursó las licenciaturas en Ciencias Religiosas y en Educación Mención Orientación escolar, estuvo en la Universidad Gregoriana de Roma especializándose en espiritualidad, ha participado en alrededor de 20 seminarios y congresos internacionales.

Conociendo su competencia como administrador y la dimensión de sus carismas, don de mando y espíritu magisterial, le asignaron en posiciones de director en el Centro Vocacional de Licey, Pastoral Vocacional, el Monte de Oración de San Víctor, el Centro Carismático de Las Charcas. Fue maestro de novicios en Santiago y párroco en templos de La Vega, Curazao, Nagua, Santo Domingo, Santiago.

La simpatía y admiración hacia el padre Plinio son tan ostensibles y numerosas que cuando le ordenaron obispo, el 8 de diciembre de 2007, fue necesario celebrar la ceremonia en el edificio multiuso de la Madre y Maestra para acoger al pueblo procedente de todos los lugares donde este religioso auténtico y consagrado ha ejercido su ministerio.

Desde entonces es obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Santiago.

La enfermedad

Si depende de las oraciones de su feligresía, padre Plinio sobrevivirá a la enfermedad que no ha doblegado su ánimo a pesar de las duras secuelas de la radioterapia.

Ocupa su habitación en la casa de los Misioneros del Sagrado Corazón en la Capital y cuenta, como si fuera un paciente común, la experiencia de su caso. Se hubiera quedado en Santiago pero el seguro no le cubría. Está luchando con un carcinoma de próstata diagnosticado el 19 de agosto pasado.

La noticia no lo detuvo. Cumplió compromisos pastorales en el extranjero y regresó a consultas, juntas de médicos que confirmaron la indicación inicial del doctor Rolando Báez García: 38 sesiones de radioterapia, no precisa cirugía.

Aparenta estar sano y narra con gracia las situaciones embarazosas que debe enfrentar tras cada tanda. Aceptó con amor la enfermedad, “creyendo que de esto va a salir algo mejor, y si es la muerte, indica que más pronto voy a pasar a la eternidad”.

Es lo que predica en infinidad de retiros por los que tantas personas persiguen la santidad y desdeñan las vanidades del mundo confiadas en el verdadero y eterno paraíso. “Acepto la voluntad del Señor: si sale la vida, a trabajar. Si es la muerte, a tomar las medidas de la caja”.
Aclaración

Monseñor Valentín Reynoso Hidalgo aclaró que no ha renunciado a su posición de obispo auxiliar de la arquidiócesis de Santiago, en respuesta a un reportaje de Ángela Peña, publicado el pasado domingo sobre las expectativas de la Iglesia ante la necesidad de nombrar nuevos obispos. En mensaje a la periodista con copia a la Nunciatura Apostólica, el mitrado manifestó que de haber renunciado “hubiera sido la Santa Sede que lo hubiera hecho público, ya que es la única entidad que tiene competencia para aceptar la renuncia del obispo renunciante, y lo hace oficial vía la Nunciatura Apostólica”.

Agregó que “si la muerte no se adelanta, todavía me faltan unos años para llegar a la edad tope que fija el Derecho Canónico para la renuncia”. Significó que antes de su partida de Santiago, monseñor Ramón Benito de la Rosa envió una comunicación informando sobre su tratamiento y estado de salud. “No sé en que terminará mi proceso, está en manos de Dios”, concluyó.