Oigamos a los muertos

http://hoy.com.do/image/article/486/460x390/0/34440FD2-7150-422D-BB6E-848839DC97B4.jpeg

No sin razón mucha gente se preguntará el por qué siendo la vida tan bella y hermosa, teniendo tantas cosas bonitas de las cuales hablar, se escoge a los difuntos como título para el presente artículo. Nuestros amables lectores se merecen una convincente explicación al respecto. De inicio debo decirles que es precisamente porque soy un fervoroso amante de la vida es por lo me veo en la obligación de investigar y analizar los motivos por los cuales los seres humanos dejan de existir. Hay personas que no logran darse cuenta de lo mal que han vivido y cuando hacen consciencia de ello es precisamente en el momento del cierre permanente de sus ojos.

La calidad de vida de muchos dominicanos deja bastante que desear, pudiéramos decir que mal viven, a tal punto que familiares y amigos cuando les ven morir exclaman con alivio: por fin dejó de sufrir y ahora va a descansar. Son demasiado los niños que no arriban a la adolescencia y son muchos los adultos que no logran conocer la ancianidad. A nadie debería por ende sorprenderle que jóvenes y adultos constituyan el grueso de nuestra población.  En esa juventud y en esos hombres y mujeres adultos abundan los malos hábitos alimenticios, la obesidad, el tabaquismo y el abuso de alcohol y otras sustancias nocivas a la salud.

La vida urbana está llena de ruidos, de amenazas, de abusos y de violencia. Salir a la calle es un riesgo; las aceras son un peligro y cada transeúnte es un potencial asaltante. Ello nos lo certifican los cadáveres que relatan el modo como adquirieron dicha categoría. Fueron sorprendidos en su buena  fe, se sentían seguros y la ingenuidad los condujo a un callejón de donde no regresan jamás los peregrinos. Les sacó de su encanto una bala asesina o una puñalada trapera. Otros, ya pasados de los cuarenta, sintieron de repente un supuesto malestar de estómago y perecieron sin que ellos ni su médico se percataran a tiempo del mortal infarto del miocardio que los abatía. Uno que otro notó un progresivo cambio  en los hábitos intestinales, condición que achacó a la falta de ejercicio, procediendo a auto medicarse con los consabidos  laxantes. Solamente cuando estaba lleno de metástasis pudo enterarse del cáncer intestinal que padecía.  ¿Cuántos hombres tienen un real conocimiento de la asociación que existe entre el uso del cigarrillo y el cáncer de pulmón? ¿Cuántas mujeres saben que el cáncer de la mama y del cuello uterino representan dos mortales dolencias comunes que les asechan para trasladarlas al otro mundo?

Por no querer saber de los muertos es por lo que no le prestamos atención a sus relatos. Cansados están de tocarnos la trompeta para advertirnos de los graves errores que cometemos a diario y que más temprano que tarde nos conducirán a un deceso prematuro. Nadie se quiere morir, sin embargo, uno se pregunta: ¿Usted qué hace para llenar el espacio existencial que por designio biológico le corresponde agotar? Oigamos y prestemos atención a los sanos  consejos que los dan los muertos si es que verdaderamente estamos interesados en una sana longevidad dentro de una atmósfera libre de contaminación y más bien henchida de amor.