¿Oligarquía cívica?

FABIO RAFAEL FIALLO
Entre las tareas a las que la rama de la filosofía llamada lógica ha asignado prioridad, se encuentra la de desenmascarar sofismas, es decir, argumentos que parecen válidos a simple vista pero que, en realidad, se basan en premisas falsas o en concatenaciones disputables. Uno de esos sofismas es el conocido con el nombre de “sofismas del testaferro” (“straw man fallacy” en inglés).

Por testaferro, recordemos, se entiende alguien que presta su nombre a otra persona cuya identidad queda por ese medio ocultada. El testaferro no actúa por sí mismo sino por delegación; es el agente de otra persona o entidad. Así, el sofisma que nos ocupa consiste en tratar de desacreditar un adversario afirmando falazmente que sus actos y palabras sirven para encubrir móviles espurios, e impugnables. Dichos actos y palabras no serían, pues, sino el representante, el testaferro, de intereses o sentimientos inconfesables.

Ejemplo: cuando alguien denuncia el embrutecimiento cultural o las desigualdades sociales e internacionales que produce el actual proceso de globalización, y se dice en su contra que lo que pretende de esa forma es frenar el progreso de la humanidad. A partir de ahí, por más válidos que sean sus argumentos, los mismos quedan inmediatamente desvalorizados pues se argüirá que sirven simplemente para camuflar intenciones reaccionarias, es decir, son el testaferro de esas intenciones.

El empleo del sofisma en cuestión puede desembocar en situaciones trágicas e incluso criminales. Eso fue lo que ocurrió con el nazismo, que vilipendiaba a los judíos, no por lo que éstos hacían o decían, sino porque se les prestaba el propósito de querer aduañarse de Alemania y del mundo. Fue lo que ocurrió también en la Unión Soviética de Stalin, quien destruyó el campesinado ruso so pretexto de que los intereses de esa clase la convertían en agente objetivo, es decir, en testaferro, de las “fuerzas de la reacción”. ¿Resultado? Millones de muertos en cada uno de esos casos. Menudo sofisma, pues.

El sofisma del testaferro tuvo su aplicación en República Dominicana a raíz del ajusticiamiento de Trujillo. Por un espacio de tres décadas, estuvimos gobernados por una mano férrea que se adueñó del país. Con el tirano llegó a enquistarse en el poder un grupo de colaboradores que había servido al régimen con ahínco y fervor. A la muerte de su Jefe, esos colaboradores seguían ejerciendo una nefasta influencia a través de las fuerzas armadas y los medios de comunicación así como a través de las conexiones políticas y sociales que durante la dictadura habían logrado tejer. Si existía una oligarquía (término que significa “gobierno de unos pocos”), ésta era la que había formado a su alrededor el dictador.

La tarea de la destrujillización, tan indispensable en República Dominicana como la desnazificación en Alemania y la depuración antifascista en Francia e Italia, requería arrebatarle a esa oligarquía trujillista los mecanismos que apuntalaban su ilegítimo poder.

Pero en esos tiempos, después de haber ofrecido con su “Borrón y cuenta nueva” la impunidad a los personeros de aquella oligarquía, el Profesor Bosch lanza el anatema, no contra esa camarilla, sino contra una capa social en su conjunto que él llega a acusar de “odio al pueblo” y de “instigadora y directora política” del funesto golpe de Estado que lo derrocó.

¿De qué grupo se trataba? Pues bien, de la “alta clase media” (ver “La gramática parda del golpismo”, revista Life en español, 11 de noviembre de 1963). Grupo al que se acabará por dar indistintamente los nombres de “oligarquía” y “oligarquía cívica”, y que estaba representado según Bosch y sus partidarios por la Unión Cívica Nacional dirigida por mi abuelo Viriato Fiallo.

¿Cómo explicar que ese grupo social haya engendrado tantos desafectos al régimen trujillista, hasta el punto de contar con héroes y mártires entre sus miembros? Muy fácilmente, caro lector. La antipatía de dicho grupo hacia el dictador no obedecía según el Profesor a un sentimiento patriótico o repudio moral provocado por un Rafael Trujillo que había colaborado con el ocupante yanqui y luego se había mantenido en el poder por medio de una inhumana represión. No, aquella actitud, proseguía Bosch, se nutrió del desdén que sentía nuestra alta clase media por el origen social del dictador. La aversión hacia Trujillo no era en ese caso sino un testaferro, la forma en que se manifestaba hipócritamente la arrogancia de aquel grupo social.

Apelo aquí a la lucidez. ¿Acaso una arrogancia de clase, por profunda que fuese, hubiera podido insuflar a seres humanos la valentía y convicción necesarias para encarar una dictadura tan larga y despiadada como la de Rafael Trujillo? ¿Acaso hombres y mujeres con el mismo instinto de supervivencia que el común de los mortales habrían estado dispuestos a exponerse a la cárcel y a la tortura, a jugarse la vida, como hicieron Viriato Fiallo y tantos otros, por simple orgullo de clase, por desdén con respecto a los orígenes sociales del tirano? Reconozcámoslo, caro lector, hay algo que no cuadra en esa interpretación.

Ni siquiera el Movimiento 14 de Junio quedó al abrigo del síndrome del testaferro que dicho enfoque vehiculaba. El Profesor reprochó a esa organización política haber dado prioridad en 1961 a la lucha contra los remanentes del trujillismo en vez de sumarse a la estrategia de entonces del PRD (de la que el “Borrón y cuenta nueva”, inaceptable para el 1J4, era un elemento primordial). En su libro “Crisis de la democracia”, después de señalar que la juventud de ese movimiento “procedía de la alta y mediana clase media, que era donde se hallaban las personas de primera”, Bosch afirma que al rechazar los planteamientos del PRD, los hombres y mujeres del 14 de Junio “reaccionaron como miembros de una casta, no como jóvenes revolucionarios” (p.38). O en otras palabras, que el apoyo militante del 14 de Junio a la lucha por la destrujillización en 1961 fue la forma velada, o por así decir el testaferro, de una simple reacción de casta.

Los personeros de la dictadura no tardaron en escurrirse a través de la brecha que abrió aquel enfoque y vertieron oprobios, ellos también, sobre esa “oligarquía” cuyo énfasis en la destrujillización les había producido pavor en los meses que siguieron a la muerte del tirano. Y hoy son ellos aún, convertidos en reciclados del trujillismo o en turiferarios del Doctor, quienes, con el mismo estilo con el que ayer vituperaban abierta o anónimamente a los desafectos de la Era a través de los órganos de la prensa escrita, televisiva y radial del régimen maldito, entonan con mayor estruendo y virulencia que nadie la cantinela de “oligarquía cívica” que el Profesor les inspiró.

Y ese simple hecho, esa desnaturalización solapada del término “oligarquía” por parte de trujillistas notorios, constituye la prueba más elocuente de que algo anda mal, muy mal, con respecto a la acepción en boga del término en cuestión. Problema éste que en nuestro próximo artículo trataremos de escudriñar.