Reflexión
El poder
Ejercer el poder con responsabilidad es preservar la esencia, ayudar al frágil, olvidarse del avieso sentido de oportunidad mercurial, rendir cuentas, ser eficiente, superar al adversario con comportamientos diferentes y nunca olvidar el carácter pasajero de la función pública.

Retrato
Concebido como un trampolín hacia un lugar más cercano al cielo que a la realidad, el poder representa una oportunidad única para medir la condición humana. En el ámbito público, son muchos quienes no atinan a deslindar con claridad la validación democrática, expresada en el voto popular o en el decreto, del acceso directo a instancias que luego asumen como propias. En el interregno, pierden la perspectiva ante la turbulencia de puertas que creen permanecerán eternamente abiertas.
En la literatura, reflexión intelectual y territorio pragmático, alcanzar el gobierno no es sinónimo de conquistar el poder. Intereses invisibles, personajes que emergen y gracias bendecidas por manos de contribuyentes de singular valía siempre aparecen, dispuestos a reclamar la cuota merecida y ejercida en tercería. Por eso, en cualquier esquina de la función pública, desconocer colindancias o relaciones primarias suele derivar en yerros y pifias inimaginables.
Lo satisfactorio es actuar siempre con sentido de equilibrio y justicia, sin permitir que transformen la esencia que nos da razón de ser. Aún si se recibe la incomprensión de los que, llenos de ansias, ponen distancias rabiosas porque, en su lógica, la solidaridad se traduce en la degradación de reglas éticas. Y si no lo entienden, quédese abrigado de su soledad.
Hoy, a diferencia de épocas superadas, el poder se torna mucho más vulnerable. Las redes sociales y la auditoría visual exhiben una enorme capacidad de sanción social, en múltiples ocasiones con altísima dosis de inducción. También funcionan como termómetro de las posibilidades reales de esconderse eternamente y ser olvidado por la rabia pública. Gracias a Dios y la construcción de una cultura democrática, avanzamos institucionalmente hacia senderos que disocian el poder de lógicas inalcanzables y lejanas de sanción ejemplar.
Ejercer el poder con responsabilidad es preservar la esencia, ayudar al frágil, olvidarse del avieso sentido de oportunidad mercurial, rendir cuentas, ser eficiente, superar al adversario con comportamientos diferentes y nunca olvidar el carácter pasajero de la función pública. Y quienes se equivocan tienen sobrados ejemplos de cómo termina la autoridad mal ejercida.