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Confesión

No tengo tiempo

El tiempo es lo único verdaderamente nuestro. No las posesiones, no los aplausos, no las conquistas.

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Quizás sea la confesión más repetida de nuestra época. La pronunciamos casi sin pensar, como si fuera una contraseña colectiva que justifica nuestra prisa. Vivimos corriendo detrás de horas que parecen siempre escapar de nuestras manos. Y así, entre agendas llenas y pasos apresurados, los días se evaporan silenciosamente.

Lo paradójico es que cuando finalmente el tiempo se nos escapa —cuando ya no queda nada por alcanzar ni por perseguir— descubrimos algo incómodo: lo único que realmente poseíamos era precisamente eso que dijimos no tener. Tiempo. Y lo gastamos sin advertirlo. Lo desperdiciamos en la ansiedad de llegar antes, de hacer más, de demostrar algo. Lo arrojamos, casi sin conciencia, al abismo de una vida precipitada.

El tiempo es lo único verdaderamente nuestro. No las posesiones, no los aplausos, no las conquistas. Por eso deberíamos preguntarnos con más seriedad cómo lo habitamos: qué legado estamos construyendo con nuestros días, cómo queremos mirar nuestra vida cuando llegue la vejez, y sobre todo, si estamos cultivando dentro de nosotros ese silencioso sentimiento de plenitud que no depende de la velocidad ni del reconocimiento.

Una vida vivida en permanente aceleración suele ser, en el fondo, el reflejo de una carencia interior. Quien corre todo el tiempo quizá huye de algo, quizá busca completar un vacío que la prisa nunca logra llenar. La sociedad suele aplaudir al que vive ocupado, saturado, exhausto. Pero la profundidad nunca nace de la prisa. Las obras que perduran —las que transforman el alma humana— casi siempre nacen de personas serenas, constantes, capaces de detenerse.

La vida contemplativa en medio de la acción es un ejercicio y una disciplina. Durante más de diecisiete años he cultivado la vida contemplativa; de hecho, promuevo unos retiros en Jarabacoa para descansar, practico el silencio y la meditación de forma constante, y conviene decirlo: no se trata de una práctica pagana ni exotérica. El mismo Jesús, con frecuencia, se apartaba a solas. Se retiraba del ruido. Buscaba el silencio. La contemplación no pertenece a una ideología ni a una tradición particular; es una práctica universal del espíritu humano.

Maestros espirituales, líderes religiosos, psicólogos y estudiosos de la mente coinciden en algo esencial: uno de los secretos de una vida verdaderamente plena consiste en aprender a detenerse. A descansar. A hacer espacio para el silencio. A proteger el alma del desgaste constante que produce el ruido del mundo.

Por eso, como articulista, promuevo los retiros de silencio y descanso. Lejos de hacernos improductivos, nos vuelven más lúcidos, más sensibles, más humanos. Nos ayudan a redescubrir una intimidad profunda con el Maestro del descanso. Todos necesitamos detenernos. Todos necesitamos entrar, aunque sea por un momento, en ese extraño territorio que podría llamarse “inactividad productiva”. Parece una contradicción, pero no lo es: cuando paramos, la mente se vuelve más clara y más creativa.

Te invito a recargar tu vida. A desarrollar una práctica cristiana donde el silencio tenga más peso que el proselitismo, donde la presencia valga más que el activismo religioso que tantas veces termina agotándonos.

Pero debo advertir algo: el silencio es una disciplina. Paradójicamente, es más fácil asistir a un evento que alimenta el ego que planificar un retiro que confronte el alma. Es más sencillo seguir produciendo que detenerse a escuchar.

Por eso te invito a descansar.

A estar presente frente a la creación.

A escuchar el susurro del viento entre las hojas.

A percibir el olor de la tierra mojada.

A contemplar el brillo diminuto de las plumas de un colibrí.

Te invito a dejar por un momento los aplausos que alimentan el ego y a entrar en un espacio distinto. Un lugar donde nadie te observa, donde nada se exige, donde el alma simplemente respira.

Y quién sabe…

Quizás allí —en ese silencio que tanto evitamos— un Dios inesperado, libre de nuestros esquemas religiosos, se acerque sin ruido y te abrace.

Sobre el autor
Samuel Luna

Samuel Luna