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El 15 de enero de 1926, Petronila Angélica Gómez Brea se convierte en la segunda mujer dominicana en poseer una imprenta propia. Ese gesto, aparente y únicamente empresarial, fue en realidad un acto político y cultural que mantiene vivas las esperanzas a cien años de su logro, pues con el “Taller Tipográfico Fémina”, no solo se asegura la continuidad de la revista que dirigía desde 1922, sino que consolidó un espacio de autonomía para las mujeres en el mundo de las letras y de la producción intelectual.

El “Taller Tipográfico Fémina” operaba en la República Dominicana, que apenas salía de la primera intervención militar estadounidense y, sin saberlo, se encaminaba hacia la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo; en ese terreno agreste, la imprenta de Petronila fue una antorcha de esperanzas.

Así, la revista Fémina, fundada en 1922 y fortalecida en 1926 con estos talleres propios, se convirtió en un laboratorio de ideas feministas, literarias y sociales. Allí se publicaron textos de Abigail Mejía, Ercilia Pepón, Rosa Smester, Carmen G. Vda. Peynado y otras primeras mujeres que, desde distintas provincias, tejían una red de pensamiento crítico sobre la mujer en el hogar, en la educación y en la vida pública; en 1926, se registraron 29 campañas de activismo gestadas desde esta imprenta, tal como la de erigir monumentos a las mártires de la independencia; se reproducían los ensayos internacionales sobre el espíritu feminista; y se abría un espacio para que las adolescentes y las jóvenes colaboraran con sus primeras letras.

Ese año, 1926, sin dudas fue un punto de inflexión. La revista pasó de ser un esfuerzo quincenal para consolidarse como publicación mensual, con distribución nacional. En San Pedro de Macorís, ciudad azucarera y cosmopolita, Fémina se convirtió en un espejo de las tensiones de la época y, tanto en el ateneo como en sus páginas, se abordó la reconstrucción tras la ocupación estadounidense y la emergencia de un feminismo moderno entrelazado con la ética social.

Las palabras de las pioneras, como las de Consuelo Montalvo de Frías, se convierten en una voz poderosa, trascendente en el tiempo: “Nuestro moderno feminismo, íntimamente ligado a la ética social y completamente consagrado al perfeccionamiento del hogar dominicano, ha buscado siempre su engrandecimiento al propio tiempo que defiende sus derechos”.

Así, en una relectura minuciosa, se aprecia que no se trataba de un feminismo aislado ni meramente literario. Era un feminismo que se insertaba en la vida pública, que abría talleres tipográficos, que convocaba donantes en cuadros de honor, que conversó con Trina de Moya Vásquez, primera dama de la república, y que recibía cartas desde Santiago de los Caballeros con discursos en memoria de Ulises Francisco Espaillat. Era un feminismo que se atrevía a decir que, aunque las mujeres no fueran políticas ni afiliadas a partidos ni ciudadanas, podían ilustrar al pueblo sobre sus destinos.

Hoy, cien años después, a punto de comenzar el 2026, resulta inevitable mirar hacia atrás y reconocer que sin 1926 no tendríamos el 2026. Sin la imprenta de Petronila, sin las páginas de Fémina, sin las voces de aquellas pioneras, nuestra genealogía estaría mutilada. La democracia dominicana, con todas sus imperfecciones, se sostiene también sobre esos cimientos invisibles: las mujeres que escribieron, imprimieron, educaron y lucharon por la ciudadanía.

¡Que en 2026 continuemos caminando sobre las huellas que dejaron en 1926! Cada letra que ellas trazaron es un latido que aún nos sostiene. Cada gesto de unidad es una semilla que florece en nuestras luchas presentes. ¡Venturoso Año Nuevo!

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ELVIRA LORA

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