Resoluciones
Año nuevo: ¿vida nueva?
Las resoluciones de año nuevo suelen ser privadas, individuales, silenciosas

2026
Cada enero se nos invita, con una mezcla de entusiasmo y amnesia, a empezar de nuevo. A resetear la vida como si fuera un dispositivo electrónico que necesita formatearse. A pasar página sin haberla leído del todo.
“Año nuevo, vida nueva”, repiten, como si la desigualdad tuviera fecha de vencimiento, como si la violencia quedara atrapada en el último día del calendario, como si los cuerpos históricamente expuestos: los de las mujeres, las niñas, las personas empobrecidas, amanecieran protegidos solo porque el año cambió un dígito.
Pero no.
El año cambia. La estructura permanece.
Las resoluciones de año nuevo suelen ser privadas, individuales, silenciosas: bajar de peso, producir más, cansarse menos. Casi nunca incluyen palabras como justicia, redistribución, protección, dignidad, responsabilidad colectiva. Como si el bienestar fuera un mérito estrictamente individual.
Se nos entrena para mejorar el yo, no para interpelar al sistema. Para adaptarnos con elegancia. Para sobrevivir sin molestar, sin preguntar demasiado, sin exigir lo que debería ser básico.
Por eso desconfío del optimismo automático del primero de enero. Porque muchas veces funciona como anestesia moral. Si todo “empieza de nuevo”, entonces nada es urgente.
Si todo puede esperar, nadie se hace cargo.
Mi resolución no es nueva. Es insistente. Casi obstinada.
Que este año no normalicemos la violencia. Que no relativicemos el hambre. Que no sigamos minimizando las desigualdades ni justificando las decisiones que excluyen. Que no pidamos paciencia a quienes llevan toda una vida esperando justicia.
Feminismo no como consigna, sino como política de protección real. Protección de cuerpos, de infancias, de derechos, de vidas que importan más en los discursos que en los presupuestos.
Justicia social no como promesa abstracta, sino como la decisión cotidiana de a quién se cuida, a quién se escucha, a quién se le cree y a quién se deja fuera cuando deja de resultar conveniente.
Y sí, nosotras también somos parte. Cuando callamos por cansancio. Cuando aceptamos que la injusticia sea lenta, prolongada, burocrática, mientras la vida es urgente.
La neutralidad no es inocente: también decide, y casi siempre del lado equivocado.
Tal vez no se trate de una vida nueva. Tal vez se trate de una vida más consciente. Más responsable de sus silencios y de sus gestos.
Un año nuevo no nos salva. No repara lo roto ni protege lo vulnerable. Lo único que puede mover algo, si es que algo se mueve, es no mirar hacia otro lado.
Esa es mi resolución. No empieza con enero. Y no vence en doce meses.