Archipiélago reformista
ROSARIO ESPINAL
Después de la muerte de Joaquín Balaguer, el Partido Reformista Social Cristiano (PRSC) no ha podido cohesionar voluntades políticas y establecer un liderazgo unitario con potencial de victoria electoral. En el 2004 y 2006, el partido fue escenario de varios desmembramientos que han producido un archipiélago de grupos políticos que se proclaman reformistas.
Las secesiones eran previsibles por la carencia histórica de textura organizativa. El Partido Reformista fue un instrumento de Balaguer para competir en elecciones, varias de ellas fraudulentas, y sirvió sobre todo para estructurar relaciones clientelistas.
A mediados de los años sesenta, el reformismo se convirtió en un movimiento de convergencia política de ex trujillistas, admiradores del despotismo ilustrado, soñadores transformistas, contratistas con sed de enriquecimiento, trepadores políticos y masas desposeídas que se contentaban con dádivas.
Por encima de ellos se erigía Balaguer, líder ilustrado de envoltura humanista, que tanto conoció el arte de convencer como de imponer.
De 1966 a su muerte en el 2002, Balaguer gobernó 22 años, siempre asumiendo el rol de líder indiscutible de su partido en todas las funciones importantes.
Obligado por la reforma constitucional de 1994 a no reelegirse en 1996, fue tacaño en su apoyo a Jacinto Peynado, candidato reformista, y perdió así una posibilidad de transferir liderazgo a un correligionario. Desperdició otra oportunidad en el 2000 cuando en edad muy avanzada y enfermo optó por postularse para perder.
Con el poder concentrado en su persona, Balaguer pasó los últimos años de su vida negociando con los líderes del PLD y del PRD para mantener vigente su imagen de político imprescindible. Mientras tanto, el PRSC y sus dirigentes quedaban relegados a un segundo plano.
En sus memorias de cortesano, Balaguer dejó entrever que a edad temprana aprendió a no creer en nadie y desconfiar de todos. Se adornó de solemnidad para rendirse ante el poder de Trujillo, le dio estatura ideológica a la dictadura, y luego, a partir de 1966, usó el poder para impulsar su proyecto político.
En los primeros doce años de gobierno (1966-1978), impuso orden, justificó la represión, permitió la corrupción, fomentó el clientelismo, e impulsó el desarrollismo que amplió la clase media y empresarial. Siempre imploró la devoción de la masa silente y aderezó su mano dura con el principio de la ley de la necesidad.
En sus otros diez años de gobierno (1986-1996) recurrió de nuevo al clientelismo, no fue tan represivo, le falló el desarrollismo y, como resultado, se ganó la oposición de sus antiguos aliados: los empresarios dominicanos y Estados Unidos.
En 1990 y 1994 recurrió de nuevo a las irregularidades electorales, pero al final, tuvo que pactar la reforma constitucional que lo sacó para siempre de la Presidencia.
Sin duda, el voto balaguerista ha sido muy importante en los procesos electorales dominicanos, pero no mayoritario. En ninguna elección celebrada entre 1978 y 2006, el PRSC obtuvo una mayoría absoluta. Recibió la votación más alta de 42% en 1978 y la más baja de 8% en el 2004.
Desde 1994 el PRSC no gana elecciones, y desde el 2004, se encuentra empantanado por las revanchas de sus líderes que no logran armonizar intereses para construir una fuerza electoral importante pos-Balaguer.
El partido no ha podido establecer una dirección capaz de procesar los desacuerdos, y en el 2004 y 2006, las confrontaciones intra-partidarias impidieron la escogencia de candidaturas unitarias.
Como resultado, en ambas ocasiones, dirigentes descontentos salieron del partido y optaron por buscar acceso rápido a los beneficios del poder, que en los últimos 10 años, no han gravitado en torno al PRSC.
Otro problema que enfrenta el partido es que entre sus aspirantes a la Presidencia de la República, ninguno ha demostrado a la fecha tener la capacidad de movilizar amplios segmentos sociales.
Si se rehabilitan, los reformistas tienen a su favor que pueden utilizar el símbolo ordenador y desarrollista de Balaguer para recuperar el amplio voto conservador de la sociedad dominicana.
Sin embargo, en las dos últimas elecciones realizadas después de la muerte de Balaguer, el partido, en vez de salir fortalecido, se ha dividido. El último episodio fue a propósito de la alianza con el PRD.
Después de celebrar una convención aceptable en el 2005, la dirigencia reformista decidió aliarse a los perredeístas para obtener posiciones electivas en el 2006 y poder hacer oposición al gobierno peledeísta de cara al 2008.
El cálculo aliancista fue correcto para conjugar esos dos objetivos, pero el partido hubiese salido más fortalecido de los comicios de haber permanecido unido con un objetivo de más largo aliento.
Con el lastre de las divisiones del 2004 y 2006, el PRSC tiene ahora que reiniciar su proceso de reorganización si desea mantener vigencia política; tarea difícil para un partido con fuertes debilidades organizativas heredadas del balaguerismo y un historial reciente de continuas deserciones.