Opinión

Abuso sexual de menores

Los archivos de Epstein y la anatomía del silencio cómplice

La violencia contra niñas en estos contextos no responde al deseo individual descontrolado, sino a una lógica de apropiación.

“Papeles de Epstein”Fuente externa

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La publicación de los llamados “archivos de Epstein” no solo expone una red de abuso sexual sistemático contra niñas y adolescentes; revela, sobre todo, la arquitectura social que hace posible ese abuso.

No se trata únicamente de individuos poderosos que cometieron delitos atroces. Se trata de un sistema de autorización masculina, económica y simbólica que convierte los cuerpos de las niñas en territorio de consumo, intercambio y demostración de poder.

El escándalo no está solo en los nombres que aparecen, sino en el silencio que durante años ha sostenido esa maquinaria: el silencio institucional, el silencio social y el silencio de quienes sabían y decidieron callar.

El abuso sexual de menores, cuando ocurre en estos círculos de poder, deja de ser un acto clandestino y se transforma en un ritual de pertenencia. No es solo violencia sexual, es, como diría Rita Segato, parte de la pedagogía de la crueldad.

La violencia contra niñas en estos contextos no responde al deseo individual descontrolado, sino a una lógica de apropiación. El agresor poderoso no busca únicamente satisfacción sexual; busca confirmar su capacidad de impunidad. Cada acto de abuso comunica un mensaje: la ley no aplica aquí, el dinero protege, la influencia borra rastros, la jerarquía masculina se impone sobre la vulnerabilidad infantil.

Lo que el caso Epstein pone en evidencia es la dimensión corporativa de la violencia sexual. No hablamos de un depredador aislado, sino de redes de complicidad donde participan intermediarios, facilitadores, instituciones financieras, entornos sociales y estructuras legales que, por acción u omisión, permitieron la continuidad de los abusos.

La infancia, en estas dinámicas, se convierte en el punto más extremo de la desigualdad. Las niñas abusadas no solo carecen de poder económico o político; carecen de credibilidad social frente a hombres influyentes.

La palabra de una niña siempre ha tenido menos peso que la reputación de un hombre poderoso. Esa asimetría es el verdadero escenario del crimen.

Y, sin embargo, pensar que esta realidad pertenece únicamente a los circuitos del poder global sería una forma de autoengaño. Lo que allí aparece en la cúspide de la pirámide social no es cualitativamente distinto de lo que puede ocurrir en sociedades como la nuestra, donde la desigualdad económica, el turismo sexual, las uniones tempranas y la naturalización de la autoridad masculina crean condiciones propicias para abusos que casi nunca llegan al escrutinio público.

La explotación sexual de niñas y adolescentes no necesita islas privadas ni fortunas multimillonarias para existir. Basta con desigualdad, silencio comunitario y una cultura que todavía duda de la palabra de las víctimas. Basta con la certeza de que denunciar puede significar perderlo todo.

Me cuestiono cómo es que el mundo no está ardiendo ante revelaciones de esta magnitud. O quizá sí lo está, pero de una manera fragmentada, incapaz de sostener la indignación más allá del ciclo mediático.

La explicación posible me resulta dolorosamente comprensible: las sociedades han aprendido a convivir con ciertas formas de violencia siempre que estas permanezcan lejos de la experiencia inmediata de quienes tienen voz pública.

La indignación colectiva suele durar menos que la estructura de poder que permite el abuso; el escándalo pasa, la jerarquía permanece. Y en esa brecha se instala el silencio, no solo como producto del miedo, sino como resultado de la normalización progresiva de la desigualdad.

Cuando una sociedad se acostumbra a que algunas personas, especialmente niñas pobres, sean más vulnerables que otras, la violencia contra ellas deja de percibirse como una ruptura moral y comienza a tratarse como una tragedia inevitable.

El caso Epstein no es una anomalía en la historia. Es una ventana hacia la relación entre poder, masculinidad e impunidad. Y también es un espejo que obliga a mirar las violencias que ocurren más cerca, aunque no tengan nombres famosos ni titulares internacionales.

Si algo nos enseña es que el abuso sistemático nunca ocurre en soledad. Siempre necesita una comunidad que mire hacia el otro lado.

Sobre el autor
Radhive Pérez

Radhive Pérez