Bukele: ¿Qué pasará con “el dictador más cool” cuando ya no sea popular?
Ronny de la Rosa
Cuando en septiembre del 2021 el presidente salvadoreño Nayib Bukele se autodenominó “El dictador más cool del mundo”, poco importaba si lo decía en forma irónica o si en sus entrañas cargaba un mensaje oculto, ya que su gobierno se encaminaba a hacer “lo que nunca nadie en El Salvador”.
En ese momento, todo fue aplausos y vítores de una población que lo veneraba cual Mesías salvador para El Salvador y aunque se escuche redundante, es una realidad que aún resuena en la mente de millones de personas, sobre todo, de este lado del mundo, donde el subdesarrollo, en ocasiones, nubla las señales de alarma.
Cuando Bukele llegó a la presidencia del país centroamericano en 2019, se convirtió en un verdadero fenómeno político, difícil de colocar con certeza en el espectro de izquierda o derecha y tenía un objetivo claro, enfrentar y aniquilar las pandillas, que habían convertido ese país en uno de los más violentos del mundo.
De hecho, El Salvador llegó a tener una tasa de homicidios por cada 100,000 habitantes de 72.8 en el período comprendido entre 2015 y 2019, cifras que se desplomaron desde su llegada al poder a la fecha, en sólo 5.3 por cada 100,000.
Esto hizo que, en seis años, esta nación pasara de ser una de las más peligrosas del mundo, a uno de los lugares más seguros del continente, reduciendo los niveles de criminalidad en cerca de un 85%.
Esta realidad hizo que su popularidad aumentara como la espuma, porque sin importar como haya hecho para resolver la crisis de seguridad, los resultados fueron tangibles, pero hay datos que le hacen pasar, al menos en términos cuantitativos, con buena nota.
Sin embargo, mientras trabajaba magistralmente su imagen, realizaba algunos movimientos políticos que, al menos en mi caso, advertí desde inicios de esta década, aunque para aquella ocasión, muchos me llamaban “loco”.
Y es que la historia se recicla, al menos en política, nada es nuevo, solo cambian los mecanismos de ejecución y las estrategias para hacerse del poder de manera indefinida, a pesar de que, dependiendo del bando en que estés, te llamen dictador o no.
Hace 95, la República Dominicana vio llegar al poder un hombre popular, que representaba la esperanza de un país que había perdido la esperanzas en sus líderes políticos, aunque una vez llegado al poder en 1930, Rafael Leónidas Trujillo comenzó a mostrar sus verdaderas garras, implementando un estado de miedo disfrazado de seguridad y artimañas para permanecer en la presidencia por más de tres décadas.
El problema fue que su “lucha contra la criminalidad”, sirvió como Caballo de Troya para las detenciones arbitrarias, muertes, desapariciones de enemigos políticos y críticos de su gestión, acciones que incrementaron cuando su popularidad descendió.
Pero si miramos en tiempos actuales, el presidente nicaragüense Daniel Ortega abrazó una causa de lucha social en contra del Régimen somocista, lo que le generó un gran nivel de aceptación, al punto de ganar la presidencia en 1985, para luego volver en 2007, para un mandato que se extiende hasta estas fechas.
El problema aquí radica en que, con la pérdida de popularidad, la estrategia de Ortega fue la de reprimir las presiones internas y externas, así como reformar la Constitución para otorgar poderes cuasi absolutos a su familia, permitiendo la reelección indefinida y creando una figura nunca antes registrada, como es la “copresidencia”, ocupada por su esposa Rosario Murillo.
Ambos casos se presentan con ciertas similitudes a las estrategias de “El dictador más cool del mundo”, y para entenderlo, debemos ir a mayo del 2021, cuando Nayib Bukele destituyó a los cinco jueces la Sala Constitucional de la Corte Suprema de Justicia, abriéndole paso, permitiendo controlar no solo los poderes Ejecutivo y Legislativo, sino también el Judicial.
Esto le abriría más adelante la posibilidad de modificar la Carta Magna para presentarse a la reelección, figura que no existía en el país hasta ese punto.
Previo a esto, ya había militarizado el Congreso en 2020, cuando aún no tenía el control total del Poder Legislativo, para que se aprobara un préstamo de unos 110 millones de dólares para combatir las pandillas, en una acción que algunos describieron como un quiebre del orden constitucional.
Todo esto ocurría en momentos en que su popularidad seguía creciendo, a tal punto de que casi semanalmente publicaban encuestas, en las que lo colocaban como el presidente mejor valorado del continente americano, lo que no daba espacios a ver más allá de lo que estaba sucediendo.
Mientras Amnistía Internacional denunciaba supuestas detenciones irregularidades y violaciones de los derechos humanos, el mandatario anunciaba la inauguración de una mega cárcel, que hoy es ejemplo de seguridad y muestra el poder del gobernante.
Pero la cúspide de su estrategia de gobernanza a largo plazo se registró esta semana, cuando luego años pasito a pasito, el Congreso, de amplia mayoría oficialista, aprobó la reelección indefinida, algo que ha sido criticado por expertos, quienes entienden que la democracia salvadoreña peligra.
Este panorama pone sobre la mesa una de las preguntas más inquietantes: ¿Qué sucederá cuando se acabe la magia y Bukele ya no deslumbre como hasta ahora?
Les daré una pista… la respuesta pudiera estar más arriba en este mismo escrito.