Guardianes de la verdad Opinión
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Fue Diógenes, según la tradición, quien andaba a pleno sol con una lampara encendida, y que cuando se le preguntaba a qué se debía, respondía que andaba buscando a un hombre honesto. Recuerdo también que el dramaturgo Franklin Domínguez escribió una versión adaptada de dicha temática.

Aunque los escándalos de desfalcos de entidades públicas y privadas han estado azotando a nuestras sociedad de manera espectacular y a la luz de toda publicidad durante las recientes décadas, es poco lo que se ha reparado en el daño moral y espiritual que estos eventos han causado a nuestra sociedad, a sus parientes y amigos cercanos, y a la gente común en general.

Conozco gente que nunca se imaginó que “fulano, zutano o mengano” eran capaces de cometer atrocidades de esa especie y nivel. Y aunque hasta ahora nunca vi un pariente ni amigo cercano de mi familia en esas acrobacias, sí tengo amigos, especialmente los que alguna vez estuvieron en la política partidaria, que se han sentido emocionalmente golpeados por los hechos recientes, por ejemplo.

Uno de los casos que más pena o pesar causan a muchas gentes de bien, es ver a sus actores políticos conocidos, preferidos o distinguidos, a los que les desean y esperan de ellos lo mejor para su país, su familia y hasta para que algún día les hagan un favor, si acaso ya no se lo hicieron. 

Es decir, que hablamos de actores políticos que por alguna razón familiar o simple simpatía se desea y se espera lo mejor de ellos.

Sencillamente, parte el alma, nos hace daño de muchas maneras, en lo personal, porque se nos caen ídolos y bienhechores sociales potenciales.

Y tenemos que enfocarnos en el dilema de nuestra sociedad, y, desde luego, en la vieja lucha del bien y del mal. La dialéctica espiritual y social, esto es, lo que se da entre ricos y pobres, entre los aspirantes de fuerzas políticas y sectores sociales distintos, por su origen, sus ideas o sus intereses.

Y viene la desazón y la decepción, y junto a estas emociones vuelve el tema de Diógenes, la busca de gente honesta que quiera servir a su país y honrar los valores cristianos en los que tanto insistieron nuestros ancestros y nuestros educadores. Y uno tiene que preguntarse si es posible, en alguna medida, encontrar hombres y mujeres honestos, capaces y dispuestos a dedicar sus vidas a enderezar el rumbo de nuestras sociedades. Y la pregunta tiene bastante que ver con el hecho de que para un hombre o mujer alcanzar un puesto de relevancia en la política tiene a menudo que aceptar muchas imposiciones, por encima de sus convicciones morales y sus propios planes de reivindicación social. Y lo hemos visto. Gentes que admirábamos por su limpieza curricular, que tuvieron que aceptar “realidades”, imposiciones de grupos tradicionales de poder, o de “los americanos”, o más recientemente, negociar o aceptar ayudas para sus campañas de gente del narcotráfico.

Lo otro: no aceptar esas colaboraciones significa generalmente tener que renunciar a sus aspiraciones. Y, lo más habitual y lastimoso: que sus más fieles y “desinteresados seguidores” también han tenido que negociar con colaboradores “necesitados”, menesterosos o tramposos que procuraran todo el tiempo hacer de las suyas una vez en el poder.

Y nuestro hombre honesto no siempre tiene las agallas, ni toda la integridad necesaria para hacer valer las leyes, los planes de gobierno y ni siquiera las buenas costumbres que aprendieron de sus mayores.

Sobre el autor
Rafael Acevedo

Rafael Acevedo

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