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Eleuterio Martínez

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P. Profesor, ¿Por qué tenemos que cuidar la Cordillera Central?

R. Por el capital en oro verde que posee. Si algo tiene valor en la columna vertebral de la isla de Santo Domingo, es la inmensa alfombra verde que la cubre, como manto milagroso que atrapa las lluvias (precipitación vertical) y las nubes (precipitación horizontal), que los vientos alisios transportan a través de las laderas y picos montañosos, los cuales, como muros infranqueables, se oponen a su paso. Es cierto, ella es la Madre de las Aguas, pues de ella emanan el Yaque del Norte, el Yaque del Sur, el Yuna, Nizao, Haina y hasta el Artibonito, que es el “alma líquida” de Haití, pero si ella no tuviese un buena cobertura boscosa, un traje verde que se ajuste a su medida y todos sus contornos, pues su magia se perdería y en lugar de agua, sus ríos se convertirían en lechos de piedra.

Es decir, el principal patrimonio, único e insustituible, que posee la República Dominicana para financiar su desarrollo y abrir las puertas de su prvenir, reside en los bosques de coníferas (pinares), mixtos y de hoja ancha (latifoliados) que cubren casi 12,800 kilómetros cuadrados, desde Villa Altagracia hasta Restauración, desde Santiago de los caballeros hasta San Juan de la Maguana.

La esperanza se va esfumando con cada árbol que se pierde, cada tumba, cada desmonte, es una herida que no para de sangrar y de hacerlo, la cicatriz es una huella muy honda que se conserva hasta que muere. De ahí que no hay una afrenta mayor, un impacto más grande e injustificable que atentar y agredir el lomo de la Cordillera Central, que de manera oportuna y acertada, ha sido reconocida por la UNESCO, como “Reserva de Biosfera Madre de las Aguas”.

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Eleuterio Martínez

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