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Navidad

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Anualmente una buena parte del mundo se acelera, la sangre corre con mayor velocidad, las sonrisas surgen con espontaneidad, ciertamente, se respira y se vive el espíritu de la Navidad. No pregunte en qué consiste ese cambio de ánimo, simplemente se siente, se vive, se palpa, se respira.

El sonido de las voces que nos desean buenos días, buenas tardes, saludos, tiene una melodía especial, más suave, mejor sincopada, más “tarareable”. De repente, andamos silbando uno de los aires navideños o canturreando una pieza tradicional de la época.

Ciertamente los anuncios comerciales que ofrecen precios especiales y especialísimos, sobre artículos y equipos, comestibles y bebidas, ropas y calzados tientan al más frugal a cambiar tal o cual pieza del hogar, aunque no sea necesario de momento.

El comercio juega un papel importante en la conformación del espíritu navideño, es verdad. La visita de amigos y familiares, el regreso temporal del hijo que estudia o vive en otro país.

El cambio de estación del verano candente a la temporada de menos calor, que a veces sopla un viento fresco muy agradable. La añoranza de los tiempos en que los niños nos levantábamos temprano a jugar a la condensación del aire, y, sin hablar con medie, emitíamos una bocanada de aire que se condensaba.

El cambio climático se percibe en detalles tan aparentemente inocentes como el de la no condensación del aire en las primeras horas del día.

Todavía en la década de 1950, los niños al sur de la Cordillera Central, íbamos a la escuela por la mañana provistos de ligeros abrigos de tela de algodón.

El tiempo cambió de manera lenta pero continuada hasta llegar al desorden climático de hoy… y lo que falta. Los países desarrollados se niegan a controlar las emisiones dañinas que envían al espacio sus procedimientos industriales.

La opinión popular es traída por un narigón que manejan “creativos” que sólo saben presentar mujeres en ropas ligeras, botellas de bebidas espirituosas y bemberria.

De ahí al exceso de tragos y a la ecuación indeseada de muchos tragos, ego inflamado y exceso de velocidad automotriz, solo hay un paso antes de las muertes por accidentes.

Se desbordan las ansias, las carencias, los tiempos de escasez y ¡fiesta! Se interpreta ese grito como permiso, patente de corso para todo tipo de diabluras, todo tipo de violaciones a las más elementales reglas de la prudencia y el comedimiento.

Es evidente que debemos disponer mayores, mejores y más estrictos controles tanto en la venta y consumo de bebidas alcohólicas, como en la velocidad de los vehículos que transitan por caminos y carreteras del país, para que todos disfrutemos de una ¡Feliz Navidad!

Sobre el autor
Bonaparte Gautreaux Piñeyro

Bonaparte Gautreaux Piñeyro

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