Rebobinando la tecnología
¡Créelo! ¡Salió en TikTok!

TikTok
Antes, todo tenía autor. El libro, el reportaje, la foto, la nota. No por orgullo, sino por orden. El Larousse no solo pesaba por el papel, pesaba porque alguien se había hecho responsable de lo que estaba ahí. Había nombres, editores y criterios claros. Si algo estaba mal, se sabía a quién tocarle la puerta.
Hoy el contenido llega distinto. Un texto aparece en el grupo familiar de WhatsApp. Está bien escrito, suena convincente, trae datos y un tono seguro. Casi siempre empieza igual: “esto no lo dicen en los medios”. Se reenvía, circula, funciona. Y nadie pregunta quién lo escribió.
No es algo excepcional. Pasa todos los días: audios, cadenas, imágenes con frases entre comillas, fotos sin contexto. Si no incomoda y suena bien, sigue rodando.
Antes, firmar era parte del oficio. El nombre no estaba ahí para lucirse, sino para responder. Hoy la autoría se diluye entre copiar, pegar y reenviar. Y cuando nadie firma, nadie responde. Todo queda flotando.
Ahí entra la ética, sin discursos largos. Compartir algo no es neutro. Repetirlo tampoco. Decir “yo solo lo reenvié” no quita responsabilidad.
La tecnología no es el tema. La problemática es olvidar lo básico: hacerse cargo. Saber de dónde viene algo y rescatar el criterio que justifique su difusión. El impacto debería ser proporcional a la veracidad de la fuente.