Guardianes de la verdad Opinión

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JOSÉ BÁEZ GUERRERO
En Cabo Viernes, la apacible capital de Farafangana, donde el infatigable periodista Pancracio Ceroles ha visto discurrir su vida con los entendibles sobresaltos de la vida caribeña, un tribunal de justicia condenó a un ladrón de bancos que, para librarse de penas mayores, admitió descaradamente su propia culpabilidad.

El juicio fue dramático. La sociedad farafangana se dividió entre los amigos que por mantenerse fieles al ladrón lo justificaban y los que pasaron a ser ex amigos porque entendían que a la decencia y la honestidad se le debe más lealtad que a un pillo. Entre la clase de los periodistas, hubo rompimientos y reencuentros casi telúricos. El condenado poseía un imperio mediático, y se aferraba a su buque insignia, un periódico, como haría un náufrago a su tabla de salvación.

Ceroles, abrumado por el estrés ético, recibió de un querido colega un manifiesto que requería de su firma, pues sería publicado por un grupo de periodistas preocupados. El documento decía, tras un breve introito: “Los abajo firmantes, todos periodistas con más de treinta años de ejercicio cada uno, vistos los antecedentes citados, hacemos un llamado público a nuestros colegas y amigos que dirigen y trabajan en el Diario de la Mañana, para solicitarles encarecidamente que mediten profundamente cuán dañino es para la salud moral del país que el talento y la integridad personal de periodistas profesionales esté al servicio de la defensa de indefendibles intereses ilegítimos e ilegales, como sería la apropiación de un patrimonio editorial del pueblo farafangano, sin que los detentadores de su propiedad hayan saldado los financiamientos ilegales que permitieron que llegaran a controlarlo”.

Y seguía: “Igualmente, invocamos la decencia y sentido del honor –que en otros momentos han sabido demostrar- de estos colegas y amigos, para instarles a que, hasta tanto sea resuelta por los tribunales la cuestión de la propiedad legítima de Editora del Diario de la Mañana, no permitan que las columnas de ese periódico continúen siendo utilizadas para proferir amenazas que lucen chantajistas, para difamar a banqueros que nunca han sido acusados ni condenados por fraudes ni quiebras, para denostar a dominicanos honorables cuyo principal pecado ha sido oponerse al afán de impunidad de los condenados por ladrones de bancos”.

Y seguía: “Por grandes que les parezcan las obligaciones que tengan con el condenado, ya sea por agradecimiento, por mal entendida lealtad laboral o por cualquier causa, mayor debe ser su compromiso deontológico con la profesión que escogieron, con el derecho a la honorabilidad de sus familias y con la universal aspiración de cualquier trabajador o profesional a merecer el aprecio y respeto de sus pares”.

Y seguía: “Hacemos este llamado a nuestros colegas y amigos del Diario de la Mañana, porque es leyendo ese periódico que mayores vergüenzas ajenas hemos padecido recientemente, aunque es preciso reconocer que posiblemente la inmensa mayoría de los periodistas y trabajadores de ese periódico no es responsable de las actuaciones de los directivos y de las personas que actuando en interés de su cliente, han usurpado no sólo la propiedad, sino también funciones periodísticas”.

Y concluía: “La obligación principal de los periodistas debe ser con la integridad del hecho noticioso que transmitimos al público. Cada vez que cualquier periodista compromete esa obligación con otro interés, sea del Estado, sus políticos, sus empresarios, sus gremios de diverso tipo, con las ideologías o con cualquier interés particular, toda la nación se empobrece, la democracia se debilita y los propios periodistas disminuimos la trascendencia de nuestra labor. Amigos y colegas del Diario de la Mañana: por favor reconozcan que el ladrón de bancos ha sido condenado y que él mismo ha admitido su culpabilidad; pidan excusas al pueblo farafangano y especialmente a sus lectores, en vez de manifestar un triunfalismo vergonzante; recobren su compromiso periodístico con la verdad. Hagan lo que soñaron hacer cuando decidieron ser periodistas”.

Ceroles rascó su cabeza. Tosió. Pensó en su esposa Ferolisa y sus hijos. ¿Qué hacer? ¿Firmaría el manifiesto? Lo leyó una segunda vez… Decidiría mañana, hoy tiene demasiados afanes pendientes, entre ellos teclear su artículo para la página de opinión, para lectores hartos de leer lo mismo…

j.baez@codetel.net.do

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