De enemigos a competidores
RAFAEL TORIBIO
Cuando pertenecer a un partido político era asumir un proyecto de Nación particular, una forma de entender la sociedad, el Estado, y hasta la naturaleza, las diferencias eran fundamentalmente ideológicas, por lo cual el enfrentamiento político convertía al contrario en un enemigo.
Con el correr de los tiempos, el derrumbe del socialismo real, el pretendido fin de las ideologías, la supremacía del pragmatismo salvaje y la consolidación de la democracia, con la alternancia en el poder como uno de sus principios esenciales, el anterior enemigo se transformó en adversario, terminando siendo tan solo un competidor al que se pretender sustituir, normalmente por algún período de gobierno, en el ejercicio del poder.
Frente a un enemigo la lucha política recomendaba, y fue lo que se hizo por muchos años, tratar de reducirlo a su mínima expresión y capacidad, llegando en los momentos de mayor enfrentamiento a contemplar hasta la eliminación física. El adversario, por el contrario, merece otra consideración. Se puede llegar a la represión, pero en ningún momento se piensa en la eliminación. Lo que se procura es impedir que se fortalezca para que no pueda constituirse en una real amenaza. Con la consolidación de la democracia, el adversario se convierte en un competidor al que se le reconocen derechos y cualidades para disputar el poder; entonces las luchas y los enfrentamientos tienen por objeto el desplazamiento de los que ocupan el poder para sustituirlos, bajo la premisa de que en un próximo período de gobierno pueden ser quienes ejerzan el poder.
En nuestra historia política reciente podemos apreciar las formas y contenidos diferentes que ha adoptado el enfrentamiento político en distintas etapas. Desde la muerte de Trujillo hasta posiblemente 1974 predominó la consideración de que el contrario era un enemigo. En la etapa que va del 1974 al 1994 se considera al opositor como un adversario, pero a partir de 1996 los que antes fueron enemigos y adversarios son reconocidos y tratados como simples competidores, desprovistos de diferencias ideológicas mas allá de las declaraciones y, en lo programático, sólo de matices, en el caso de que existiesen. Entre competidores la lucha se focaliza en el desplazamiento de quienes están usufructuando el poder del Estado. La lucha no es ideológica; tampoco está en juego una cosmovisión, ni un proyecto de Nación que se quiere realizar desde el Estado. Es, fundamentalmente, la sustitución de quien gobierna.
La competencia política se centra ahora en la sustitución de quién está en el poder, sin que necesariamente el que aspira represente una alternativa cualitativamente diferente y, mucho menos, superior. Eso es lo que hemos visto en los últimos años: cada vez hay más similitud entre los distintos partidos, tanto en la forma de entender la política como de practicarla; ejecutorias muy parecidas desde el gobierno y alianzas entre adversarios y antiguos enemigos para desplazar a los competidores. En el ámbito individual, el transfugismo, concretizado en el cambio de partido, la aceptación de un cargo en el gobierno, aunque se pertenezca a un partido de oposición, o la disposición de ser candidato de quién ofrezca la opción más ventajosa, confirman lo afirmado.
Las reflexiones anteriores, que en su aspecto teórico se encuentran mas ampliamente tratadas en la obra El retorno de lo político, de Chantal Mouffe, además de representar lo que pudiera haber sido el tránsito que se ha experimentado respecto al contenido y la forma en la competencia política, me permiten formularle al Presidente de la República la siguiente propuesta: en su condición de Jefe del Estado, y en razón de que ya no hay enemigos en la política y los adversarios se han convertidos en competidores por el ejercicio del poder, me permito sugerirle establecer la tradición de la realización de un encuentro anual, en el Palacio Nacional, que pudiera ser al inicio de cada año, entre los máximos representantes de los tres poderes del Estado y las autoridades superiores de los partidos políticos con representación en el Congreso Nacional. Solo el hecho de realizar un encuentro de esta naturaleza tiene ya un gran mensaje.