El circo de la superficialidad: Cuando el chisme político ahoga nuestra democracia

Claudia Rita Abreu
En el panorama político contemporáneo, es cada vez más frecuente que la sustancia sea desplazada por el espectáculo. Mientras la sociedad enfrenta desafíos profundos —como la crisis económica, la falta de empleo, la crisis del sector salud (SENASA, medicamentos de alto costo, malos servicios hospitalarios), la depredación ambiental, retroceso educativo, energía eléctrica, el alto costo de la vida o la falta de inversión de capital del Gobierno—, el foco del debate público a menudo se desvía hacia un terreno estéril: el chisme político. Este ruido, que nada aporta a la salud democrática, no solo nos distrae, sino que nos empobrece como sociedad al privilegiar el escándalo sobre la solución.
El chisme político, no es más que el ruido que silencia los problemas reales, se caracteriza por su naturaleza superficial y ad hominem. Se centra en la vida personal de los actores de la política o candidatos/as, en que si aspirarán a tal o cual plaza (como que esa decisión en esta fecha fuera importante), en disputas internas partidistas o en escándalos fabricados que, si bien pueden ser jugosos para el morbo colectivo, carecen de relevancia para la gobernanza del país.
Este fenómeno es alimentado vorazmente por ciertos sectores de los medios de comunicación y, sobre todo, por las redes sociales, donde la inmediatez y la polarización premian el contenido emocional sobre el racional. El resultado es una ciudadanía sobre informada de trivialidades y desinformada sobre lo esencial. ¿De qué sirve conocer al detalle un “quítate y ponte” entre líderes políticos si desconocemos cómo pretenden resolver los problemas fundamentales que tenemos actualmente? Este «circo mediático» actúa como una cortina de humo que beneficia a quienes prefieren no ser evaluados por sus ideas, sino por su capacidad de generar titulares, al igual que al gobierno actual para que nos olvidemos de los problemas graves que nos afectan.
Mientras nos entretienen con esta tontería, y la misma militancia partidaria de oposición, en vez de capitalizar los problemas de la ciudadanía manteniendo denuncias, protestas y trabajando en las soluciones posibles, lo que hace es dejarse ocupar en los grupos de WhatsApp del chisme político. En paralelo a este problema, existe otra paradoja fundamental en nuestra democracia: la importancia central de las propuestas programáticas y la frecuente incapacidad del público para evaluarlas. En teoría, el corazón de una democracia robusta late con fuerza cuando los ciudadanos eligen entre diferentes proyectos de país, basándose en un análisis crítico de su viabilidad, coste y beneficio.
Aquí hay congresistas que llegaron a su posición en base a propuestas de obras de infraestructura que nada tienen que ver con su función como diputados/as, pero que nadie les cuestionó. Es muy penoso que muchos votantes carecen del criterio, el tiempo o los recursos necesarios para analizar detenidamente los programas electorales. Las propuestas, a menudo, se presentan de forma compleja, técnica o, por el contrario, excesivamente vagas y grandilocuentes. Esto crea una brecha de comprensión que es llenada por otros elementos más fáciles de digerir.
Es casi un sueño que luchemos en fomentar una ciudadanía más exigente y menos distraída sin embargo, la trampa de generar controversia para ser vistos/as es un cáncer en crecimiento. La sensatez, que siempre la he catalogado como la mejor de las virtudes, hoy día resulta aburrida, sin sentido y despierta poco interés, pero, estoy convencida que hay que continuar en el ejercicio sensato, mientras oportunidad exista, siempre hay quien aprecie la reflexión,
Lamentablemente esta combinación de un debate público dominado por el chisme y una ciudadanía que no vota principalmente por propuestas FACTIBLES y REALISTAS es un cóctel peligroso para la democracia. Degrada la calidad de nuestra clase política, fomenta el cinismo en la población y perpetúa los problemas estructurales que tanto afectan a la sociedad.
Cansarse de un problema es muy distinto a solucionarlo, qué importa lo que se dijo o no se dijo en una reunión o quien se dice desde ahora que estará o no en tal o cual boleta para el 2028, nada de eso es palabra sagrada ni está escrito en piedra, al final, es mejor hacer consciencia del poder que tenemos las y los ciudadanos de generar cambios.