Opinión

Fabio-Herrera-Minino

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La isla Quisqueya es una caldera puesta a fuego lento con sus ebulliciones espasmódicas y a veces casi apagadas, pero siempre a un punto de calor que pareciera va a estallar de repente.

Sesenta y cuatro años han transcurrido desde que los dominicanos nos liberamos de la dictadura isleña de Trujillo que también gravitó poderosamente en la política y vida haitianas. En el vecino estado sufrían sus propios problemas de hambrunas cíclicas y dictadores que se sostenían gracias al dictador dominicano, pero con sus propios métodos de escarmiento con las dos poblaciones en que la crueldad haitiana superaba con creces a las maldades dominicanas de la cárcel de la 40.

Las sociedades de ambos países han vivido de espaldas unos a otros por aquello de la barrera idiomática y formación cultural. Sus grupos sociales más destacados, uno proveniente de una formación europea como la francesa, mientras la dominicana se basa en la influencia española y la norteamericana en que la presencia masiva de dominicanos ya le da un sello especial a la formación de las clases acomodadas occidentales que nunca han mirado hacia Francia, ni mucho menos fomentar un acercamiento amistoso con los que ocupan la parte occidental de la isla.

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El auge en la década del 50 de la explotación de la caña de azúcar para producir azúcar, que fue el principal producto de exportación dominicano por muchos años de la segunda mitad del siglo XX. Así se estimuló la exagerada traída de obreros haitianos que fuertemente controlados por la dictadura de Trujillo en que concluida la zafra eran retornados a su país con las pertenencias adquiridas y sus magros ingresos fruto de lo que le pagaban en los campos de caña y en los ingenios casi todos en la llanura oriental y unos pocos en el norte como el Montellano y el Amistad.

Esa costumbre de la importación de braceros haitianos se mantuvo hasta la desaparición de la dictadura. Entonces se fomentó el asentamiento haitiano cerca a los bateyes aledaños a los centrales azucareros productores de riquezas dando lugar a poblados que desplazaban a los bateyes convertidos más luego la mayoría en municipios dominicanos donde predominaban los focos con apellidos haitianos y el creole, no era extraño escucharlo por doquier.

El surgimiento del turismo, aprovechando las hermosas playas de la costa este, fomentó entonces la necesidad de la mano de obra extranjera ociosa desde la desaparición de los ingenios. Era por aquello de la facilidad del idioma que tenían los haitianos para hacerle frente a una demanda que se multiplicó con la presencia del aeropuerto de Punta Cana hervidero internacional de las llegadas de centenares de aviones repletos de turistas que vienen a disfrutar de las bellezas naturales del país dominado por un personal más haitiano que dominicano que ofrece sus servicios de atención en las decenas de resorts a todo lo largo de la costa desde Bayahíbe, La Romana hasta Sabana de la Mar.

No hay dudas que los dominicanos tenemos dentro de nuestro futuro el germen de un conflicto inevitable que daría a lugar graves enfrentamientos en que de nuevo tenemos que recordar cotidianamente los versos de nuestro heroico y estimulador himno nacional: “Quisqueyanos valientes alcemos nuestro canto con viva emoción y de la faz al mundo ostentemos nuestro heroico invicto glorioso pendón” y “ si fuere mil veces esclava otras tantas ser libre sabrá”.

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Fabio Herrera Miniño

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