El mundo de hoy
Todo comenzó hace muchos, muchos años, de una manera lenta pero continuada, sin prisa, pero sin pausas, el mundo se encoge entre el puño del titiritero.
En lo que hoy llamamos Oriente Cercano, desde los tiempos bíblicos, hay una guerra declarada o no, pero guerra cruenta, criminal, absolutista y totalitaria.
Tribus que se enseñorearon y demarcaron naciones, naciones que reclamaron y lograron hacerse con los recursos naturales hasta acumular riquezas que suelen brotar con el negro color del petróleo.
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Guerras, pleitos por la supremacía hasta llegar al violento nacimiento de Israel, nación surgida a rompe y raja, a golpe de dinamita, actos de terror y demostraciones de valor espartano para lograr, a cualquier precio, un lugar bajo el sol.
Mientras, Estados Unidos comenzó el genocidio que completó el mapa de esa nación, asesinando nadie sabe cuántos miles, millones, de aborígenes, indios americanos, para completar el rectángulo que aparece como mapa de esa nación.
Europa pasó de tribus a naciones y buscó tierras y materias primas en África. Ya Estados Unidos había decidido “colonizar” América permitiendo y respaldando unas veces las más cruentas dictaduras y otras los intentos de vivir en democracia a que aspiramos algunos pueblos del continente.
Entretanto el plan de dominación mundial caminaba desde tres puntos, Rusia, China y Estados Unidos. Esa puja mantiene el mundo en un tirijala constante que se manifiesta en conflictos de baja intensidad o en demostraciones de barbarie criminal como lo que ocurre en Gaza.
El pataleo de algunas pequeñas y débiles naciones no pasa de ser una aspiración de independencia que se cae tan fácilmente como las brisas de verano que no llegan lejos antes de ser derrotadas por el calor.
La soberbia y la demostración de potencia militar y política que da Estados Unidos hoy es una exhibición de fuerza, de la acumulación de poder logrado después de ganar las dos grandes guerras mundiales del siglo pasado.
La exhibición de confianza de que se tiene en las manos el poder de decir a todos lo que pueden y deben hacer es muy peligrosa.
Mientras se ejerce el poder con mesura, con respeto por los demás y con una discreta distancia, los otros pueden llegar a creer y hasta a aceptar la tutela del Gran Elector pero cuando el titiritero exhibe el equipo con que realiza sus manejos, cuando se le ve en el blanco del ojo y cuando, además, bravea y exhibe sus músculos, ya se sabe lo que tiene y hacia dónde va. ¿Es eso lo que quiere el mundo?
Lo bueno es que en la cancha hay más de un jugador, quiera Dios que el juego se realice de manera civilizada.