Opinión

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JESÚS MARÍA HERNÁNDEZ
La notaría es el ejercicio que la ley confiere al notario en funciones vitalicia como oficiales públicos, para recibir los actos a los cuales deba o quiera dar carácter de autenticidad, lo que obliga a este funcionario a llevar sobre sus hombros el más noble instrumento de la dignidad.

El notario recibe de las partes la confianza, para que él y solamente él garantice los compromisos pactados, teniendo como única obligación el mandato de la ley y la moral, lo que obliga a este a mantener en cualquier circunstancia el sagrado compromiso de la voluntad de los concurrentes, sellando con responsabilidad los acuerdos contraídos.

La ley 301 del 30 de junio 1964 y publicada en la gaceta oficial 8870, establece en su artículo 2 la funciones vitalicia del notario lo que es a mi modo de ver donde a estado la gran debilidad de este funcionario, pues creyéndose como tal a cometido innumerables irregularidades que ponen entre dicho este sacrosanto ejercicio, creándole dificultades a la moral, a la ley y a los ciudadanos que, acuden a ellos como testigo de excepción, de firmas o de huellas digitales.

El notario tiene que revestirse de la más solemne dignidad en todo su ejercicio, tiene que ser un sacerdote celoso en el desempeño de sus funciones, elevando a lo más alto su moral y su virtud, como ejemplo de buena costumbre y conducta, desarrollando en cada acto de su vida un estado de conciencia que le sirva de base fundamental para la ética y la moral, es decir jamás debe apartarse del código de los principios, y su actitud y comportamiento deben convertirse en parámetros de ejemplo para la sociedad.

El notario no debe aparatar sus acciones humanas de la ley y la costumbre, sus buenos modales son el primer instrumento para definir el perfil del funcionario, pulcro, decente y noble, cualidades estas que deben tenerse como reglas verticales si se quiere ser un notario respetado y estar en conformidad con la justicia que dios nos ha dado, así también cumplir con rigor y siempre apegado al mandato y al respecto que impone la ley.

El notario nunca debe negar lo que ha visto, pero mucho menos afirmar lo que no a presenciado, por eso jamás puede un notario darle autenticidad a una firma o a una huella si la misma no fueron puesta en su presencia, pues de hacerlo corre el riesgo de que las mismas podrían ser falsas o puestas bajo presión o simplemente por una persona en estado de inconsciencia, lo que significa que la presencia de los intervinientes deben ser reglas sinecuanon a la que el funcionario público nunca podrá renunciar, haciendo valer en cualquier circunstancia la voluntad de las partes.

La autoridad del notario descansa en la moral más que en la ley, porque son los principios que le dan carácter y veracidad a sus actos, de ahí que jamás debe dejarse confundir por apariencia, pero tampoco doblegarse por dinero, ni engañarse por amiguismo, pues si actuase de espalda a los fundamentos del notariado, traicionaría a dios, la ley y su conciencia. El notario que no ciña su ejercicio a la ética y a la conciencia, no es digno de llamársele notario, si hiciera lo contrario es como convertirse en un reptil, es llenarse de excremento humano, es simplemente terminar aplastado por la moral.

El notario debe cuidarse y jamás poner su ejercicio en venta, porque siempre habrán desaprensivos que medran en la oscuridad para doblegar al funcionario público en sus funciones notariales, especialmente cuando este no tiene vocación en el desempeño de su rol, y es que este, no debe pasar por alto que la honestidad es una virtud que enaltece su profesión sobre todo cuando le dice no siempre a los que buscan adueñarse de lo ajeno, a estos dígale: como le dijo Pedro a Simón cuando intentó comprar a los apóstoles: tu dinero vaya contigo a la perdición.

El notario debe ceñir su ejercicio a su horario, entendiendo que si considera que los mismos nos le son suficientes por el trabajo que hace, entonces renunciar a la notaria, sería lo más correcto antes de hacer comercio con la ética, la moral y su conciencia.

La notaría es una vocación que eleva al notario cuando se ejerce dentro un marco de decencia y moral, conducirse en esa dirección es una obligación de todo notario, de ahí que, ahora que se tiene como conquista la colegiación, hagamos de este ejercicio un sacerdocio cumpliendo con la ley, la moral, la ética y los principios que dan origen a este oficio elevando en lo más alto el ejercicio notarial como demostración de que el notario dominicano es un profesional en quien se puede confiar.

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