Autoconocimiento
Fluir, sanar…postearse
Escucharse a una misma es hermoso. Escucharse tanto que ya no escuchamos a los demás, no tanto.

Creada con IA
A veces pienso que si los árboles hablaran, estarían hartos de nosotros. Hartos de vernos llegar con auriculares, termo en mano. Llegando a los parques con algo que soltar, algo que nombrar, algo que curar. “Estoy sanando”, “Estoy fluyendo”, “Estoy trabajando en mí”. Cada banco convertido en diván, cada montaña en espejo. Incluso los cactus, que sobreviven al desierto en silencio, deben estar confundidos ante tanto mantra que exhala culpa disfrazada de poder personal.
Vivimos en la era del yo. No del yo cartesiano que piensa, sino del yo que se graba, se observa, se analiza, se afirma y se presume. Un yo que a veces se convierte en performance de sí mismo, como si la vida fuera una biografía en borrador lista para ser posteada.
La autoayuda, que comenzó como una invitación a la introspección, hoy corre el riesgo de convertirse en un espejo infinito. Uno donde cada problema es un reflejo nuestro, cada herida una oportunidad para evolucionar, cada emoción negativa una señal de que “aún no hemos hecho el trabajo.” Todo se vuelve materia prima para el crecimiento, como si no existieran estructuras, violencias, ni azares. Como si bastara con meditar y repetir afirmaciones para curar también la injusticia.
La industria del bienestar (porque eso es ahora, una industria), nos vende talleres para despertar, cursos para reconectar con la diosa interior, agendas para escribir agradecimientos que muchas veces se sienten como tareas. Y no está mal agradecer, ni meditar, ni sanar. Pero cuando el mundo arde, ¿cuánto hay de sanación real y cuánto de narcisismo ilustrado? ¿Cuánto de comunidad y cuánto de aislamiento encubierto en frases bonitas?
Escucharse a una misma es hermoso. Escucharse tanto que ya no escuchamos a los demás, no tanto. Hay un límite tenue entre el autoconocimiento y el encierro, entre el cuidado propio y la negación del otro. No todo lo que nos duele viene de dentro. No toda herida es falta de amor propio. A veces duele porque el mundo duele. Porque la precariedad, la desigualdad y el duelo no se disuelven con aceites esenciales ni journaling.
Y sin embargo, seguimos. Encendemos velas, bebemos agua con limón, repetimos frases de Rumi sin haber leído a Rumi. Queremos encontrar sentido, y eso nos hace profundamente humanos. Pero el sentido también se construye en la otredad, en el encuentro, en el escuchar sin filtros, en el incomodarse sin culpa.
No estoy diciendo que no te mires, que no te cuides, que no hables contigo misma. Estoy diciendo que quizás también necesitamos guardar silencio. Dejar de escarbar tanto en el yo, y mirar hacia el nosotros. No para olvidarnos de lo propio, sino para recordar que hay mundo más allá del espejo. Uno que también necesita ser escuchado.
Es en ese giro hacia lo colectivo donde comienza otra forma de sanación. Una menos brillante e instagrameable, pero infinitamente más real.