Opinión

Rafael Acevedo Pérez

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Uno de los problemas más graves respecto al globalismo consiste en que, tanto en el plano nacional como en el plano individual, este movimiento programático se propone destruir aquellas cosas que más nos costaron lograr como individuos y como comunidades, y que han sido tras muchísimos esfuerzos y luchas las razones y motivos por los cuales la vida merece vivirse.

Empezando por la identidad, que no es precisamente algo con lo que se nace. La misma se adquiere a través de una lucha permanente en busca de significados, a lo largo de la vida. Muchos no llegan jamás a tenerla.

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Hay una serie de factores psicosociaes, históricos y culturales que confluyen en la determinación de la identidad de individuos y pueblos. Un individuo nunca será un varón adulto sin entender y sin aceptar y asumir lo que estas cosas significan.

En nuestros países, los niños clase media suelen desarrollar un sentido de identidad individual y de clase a muy temprana edad. Desarrollan hábitos de conducta, de habla, de juegos y gustos muy diferentes a los de otros grupos sociales. También, dependiendo de la educación familiar, el desarrollo del sentimiento de nacionalidad puede llegar más tarde, y hasta puede nunca llegar.

Ese puede ser el caso de niños de padres extranjeros, especialmente si tienen contacto frecuente o permanente con familiares y amigos compatriotas de sus padres extranjeros, pueden tener dificultades para sentirse dominicanos.

Actualmente, desde temprano nuestros niños tienen permanente contacto con elementos de culturas extranjeras, a través de la televisión y las redes y de artefactos cibernéticos y otros medios modernos de comunicación.

Desde mediados del siglo pasado, el advenimiento de la cinematografía llegó a producir nuevas diferencias de comportamiento entre los niños y adolescentes de clase media y los de clase baja, entre los del campo y la ciudad. Mientras niños (y adultos iletrados) solo veían películas mejicanas, de clase media hacia arriba solo presenciaban filmes estadounidenses.

Como es fácil constatar, la nacionalidad y el sentimiento de lo nacional y lo nuestro, no son una simple herencia, sino el producto de un proceso, a menudo muy laborioso, de aprendizaje, que está permanentemente confrontado con influencias extranjeras.

Los dominicanos, según algunos entendidos, somos la mezcla racial más acrisolada del mundo. Y muchos criollos están perfectamente convencidos de que nuestra mezcla es o suele ser una de las más hermosas del mundo, lo cual puede ser tan solo un sentimiento etnocentrista.

Por lo cual es raro que un dominicano se sienta inferior a otro humano a causa de su piel… aunque Hollywood casi lo logra y la amenaza étnica de los haitianos puede estar reforzando ese comportamiento.

Pero fundamentalmente, el dominicano alimenta su identidad y orgullo nacional en el legado de Cristo y de nuestros fundadores; que nos hacen iguales a todos los humanos, incluso, a extranjeros y a extraños.

Por todo lo anterior, la identidad y el sentido del ser nacional siempre serán obstáculos formidables contra toda conspiración globalista, y todo cuanto intente negar los valores cristianos y fundacionales de nuestra nacionalidad.

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