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POR SALVADOR PITTALUGA NIVAR
Es manida la frase que reza que el político y el estadista se diferencian, en que el primero trabaja con vistas a la próxima elección, y el segundo a la siguiente generación. El panorama mundial de hoy presenta a los Estados Unidos de Norteamérica con el control absoluto como máxima potencia militar, siendo además la mayor como potencia económica.

El poder de ese país descansa en un gobierno de corte eminentemente presidencialista.

Por la mecánica de los procesos políticos electorales, para lograr el triunfo, tanto republicanos como demócratas, necesitan el concurso de las fuerzas económicas, que como en todas partes, presionan luego a los gobiernos para obtener beneficios.

Eso es lo que explica que ese país se encuentre involucrado, injusta e innecesariamente en la agresión militar contra Irak. La tragedia del once de septiembre ha sido, no el motivo sino el pretexto, para ensamblar los aprestos militares para la guerra, en acciones que lejos de constituir lucha alguna contra el terrorismo, han sido crímenes terroristas contra los pueblos de Afganistán y de Irak, prácticamente indefensos militarmente, que fueran devastados de manera impiadosa, acumulando entre las dos tragedias centenares de miles de víctimas, la mayorías de ellas inocentes. Y todo, para mover los engranajes de la industria de la guerra, que produce y reparte fabulosos beneficios económicos.

Lo mismo que como sucedió con Jhonson en Vietnam cuando no gobernaba un estadista sino un político de poca monta. Y los resultados están ahí. En lugar de ser los norteamericanos admirados y bendecidos en el mundo, en todos los países tienen que convertir sus misiones diplomáticas en verdaderos fortines, capaces de resistir las respuestas de odio que la insensatez de esos gobernantes concitan en todas partes.

La gran nación norteamericana ha sido posible por lo que podríamos llamar el esquema o plano que de ella hizo, el que fue para mí el más formidable estadista conocido, Abraham Lincoln. Sus ideas de la unidad de los diferentes estados, el valor de sus principios en respeto al valor de los seres humanos, fueron la semilla que con el tiempo formó una nación grande y rica, poblada de gente buena, viviendo bajo los principios del temor a Dios. Hasta hace poco esa gente se sentía orgullosa de pertenecer al país paladín de la libertad y en la lucha por el respeto a los derechos de los seres humanos. Hoy, hasta la libertad de prensa que es un valor tradicional en esa sociedad, les ha sido mutilada a ojos vistas, y es ahora cuando ese ciudadano ve con asombro a sus militares torturando a infelices, dentro de una guerra originada en informes mentirosos.

Lincoln no fue el único estadista que conoció ese gran país. En el siglo pasado Franklin D. Rosevelt, por ejemplo, fue extraordinario gobernante que logró que los soldados norteamericanos fueran recibidos con vítores, como verdaderos libertadores al término de la segunda guerra mundial, y respecto a nuestra América Latina creó la política del buen vecino, que dio sus frutos positivos en aquellos tiempos.

Qué distinto sería el mundo de mañana, si en el próximo porvenir de la política norteamericana, pudiera volver al poder un verdadero estadista.

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