Opinión

Samuel Luna

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La construcción social es uno de los elementos sociales que nos ha afectado de forma colectiva, porque nos enseña cosas que no son reales y mucho menos alcanzables, nos vende sueños que se evaporan de la misma forma que se derriten de manera calmosa y escalonada los trozos de hielo asfixiado por nuestras manos tibias y húmedas. La construcción social nos entreteje e inventa teorías para hacernos creer que podemos vivir mejor, pero nos priva de las herramientas necesarias para que esto suceda. Cuando eso no sucede, sabiamente se deposita un sabor de esperanza que genera adicción, ¡y no hablo de adición!, porque solo se resta; y así, seguir rastreando el sujeto o ideología que nos devolverá y llenará el vacío existencial que todos llevamos de forma subrepticia. Así es, aquel vacío que buscamos satisfacer con bienes y con poderes sin una ética reformadora. Es por eso que usamos la práctica hedonista, la cual nos lleva a otra construcción social más delicada y mortífera, dejándonos con pañales desechables y cubiertos de estiércol originado de una falacia ideológica y mortífera.

Un ejemplo de constructo social fue el modelo o la imagen mental sobre la riqueza, nos insertaron desde la niñez que las riquezas eran malévolas, no solo las ideologías políticas formaron el paradigma de varias generaciones, también debemos adicionar el elemento teológico con una hermenéutica subjetiva basada en percepciones y afectadas por vivencias culturales y sociológicas, la cuales nos han hecho daño hasta el día de hoy. A muchos nos hicieron sentir culpables sobre la acción de generar dinero de forma excesiva, porque poseer riquezas era pernicioso, malévolo y hasta pecado que nos separaba del Creador del cosmo.

Tanto la riqueza como la pobreza son temas muy complejos y delicados. Lo que no podemos dejar arrinconado es la verdad axiomática de que el ser humano está diseñado para vivir una vida en abundancia y en libertad. Cuando un país como el nuestro, República Dominicana, se conforma y abraza la pobreza como una “virtud”, viviendo cada día sin agua potable, con un nivel de educación escolar de los más precarios de Iberoamérica, con un tránsito caótico, con un sector político intocable y exentos de consecuencias y castigos, entonces podemos decir que hemos mordido el anzuelo de esa imagen mental construida por la construcción social de sectores que no poseen una identidad social cristalizada.

Un Estado que no posee una ética definida del poder y del dinero, es un país condenado a vivir en la pobreza y sin abundancia; y precisamente el mayor peligro es que una ideología subyugue a toda una generación a vivir de rodillas cuando sus piernas poseen la capacidad para levantarse y formar un nuevo camino de abundancia. Pero a los poderes políticos les gusta la pobreza, estar rodeados de pobres en el contexto partidario es una ventaja, porque los pobres están sin piernas emocionales. Claro, siempre hay una salida y una solución, y aquí la dejó: “Los más indicados de ponerles prótesis para que se levanten los que están sin piernas emocionales, son los mismos empresarios, en coordinación con los políticos, y cuando esto suceda (y no es una tarea utópica) el país será seguro para los políticos, para los empresarios y para todos los sectores que ensamblan los rieles del Estado dominicano. Los precursores del caos o del orden se encuentran en el mismo círculo de acción, lo que debe cambiar es la ética de acción. Claro, para eso alguien debe encarnar esa salida, y yo diaria, es misión transformadora.

Está muy claro y la historia lo ha mostrado, la riqueza es necesaria, la pobreza hay que mermarla, los políticos son clave en este proceso y los empresarios determinantes. ¡Pero nos hace falta una ética colectiva de la dignidad social, del dinero y del poder! Aquella que enseñó John Wesley, aquel clérigo, activista y teólogo anglicano británico, cuando expresó: “Gana todo lo que puedas, ahorra todo lo que puedas y da todo lo que puedas”. Para el fundador del movimiento metodista, la correcta producción y la sensible distribución de esas ganancias y riquezas era la clave para construir un país más vivible y con abundancia. Alguien escribió: “John Wesley no se oponía al dinero, ni creía que fuera malo. Lo más importante era lo que la gente hacía con el dinero”.

Cuidado con los extremos de las ideologías, esos extremos sólo generan hombres y mujeres sin piernas. Y hoy, hoy más que nunca necesitamos una sociedad con piernas y con conciencia.

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Samuel Luna

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