Elecciones
Honduras: la degradación del poder y sus consecuencias en las urnas

Eddy Skinner, M.A.
Por. : Eddy Skinner, M.A.
Las elecciones hondureñas del 30 de noviembre de 2025 dejaron al país sumido en un caos institucional. Con el Consejo Nacional Electoral incapaz de proclamar un ganador entre Nasry “Tito” Asfura y Salvador Nasralla, la jornada se convirtió en un símbolo del deterioro político acumulado durante años.
Sin embargo, más allá del “empate técnico”, el hecho histórico es otro: el colapso electoral del partido gobernante LIBRE, que pasó de la ilusión del 2022 a un descalabro humillante en 2025 que lo llevó al sótano y a un lejano tercer lugar con la candidata oficialista e impopular del partido de izquierda “libertad y refundación (LIBRE)”, Roxi Moncada.
El derrumbe no fue un accidente. Fue la consecuencia previsible de la degradación del poder. LIBRE llegó con promesas de refundación democrática, pero terminó atrapado en los mismos vicios que criticaba: imposición de candidaturas, autoritarismo interno, conflictos familiares, persecución política, corrupción y una incapacidad para conectar con los problemas reales de la gente.
La candidatura de Rixi Moncada simbolizó esta desconexión. Impopular, distante y percibida como impuesta, nunca generó apoyo dentro de su propio partido. Mientras la economía se deterioraba —inflación, escasez de medicinas, hospitales en crisis y un mercado laboral estancado—, el desencanto popular se transformó en un sentimiento colectivo: “Lo llevamos al poder, y así como lo llevamos, lo podemos sacar”.
A esto se sumó una estructura oficialista arrogante: privilegios, viajes, cúpulas familiares controlando el Estado y una élite política que confundió lealtad con sumisión. El uso político del Ministerio Público y del Congreso, la impunidad en escándalos de corrupción, el manejo errático de las relaciones con Estados Unidos y la cercanía con regímenes autoritarios agravaron la percepción de peligro institucional. La filtración de un video vinculando a figuras del oficialismo con narcotraficantes selló la pérdida de credibilidad. Es evidente que La embriaguez del poder, traducida en la arrogancia de los dirigentes y funcionarios del partido oficialista “LIBRE” catalizaron la derrota electoral.
El oficialismo también atacó a la empresa privada, a la sociedad civil, a los medios y a las iglesias. Esa estrategia, lejos de consolidar apoyo, generó una reacción social sin precedentes: millones de hondureños se movilizaron para frenar lo que percibían como una deriva autoritaria.
La descalificación y ataques sistemáticos a las empresas privadas de Honduras instrumentalizado por la candidata oficialista, Rixi Moncada, generó rechazo en los votantes, ya que, consideraban que esto afectaría la generación de empleos asalariados, lo cual representa el 85% de los ciudadanos que trabajan en dichas empresas.
Lo ocurrido confirma una ley universal de la política: el poder que se ejerce sin límites termina por destruir a quien lo ostenta. LIBRE quiso controlar todos los resortes del Estado, imponer una sola voz y gobernar sin escuchar. El resultado fue una debacle política de dimensiones históricas.
En Honduras, la degradación del poder tuvo su consecuencia más visible: el oficialismo perdió el respaldo popular de manera estrepitosa. Y la ciudadanía envió un mensaje contundente: en democracia, ninguna casta, familia o partido es dueño del poder; el poder siempre vuelve a manos del pueblo.
Es evidente que los errores y desaciertos del Partido gobernante “LIBRE”, hizo desembocar en Honduras una debacle que se tradujo en una humillante derrota del oficialismo, lo que indica que la degradación del poder tiene graves consecuencias, entre ellas, y la más notoria, perderlo estrepitosamente.