Convivencia
La jauría motorizada: el síntoma de una RD violenta
El asesinato en Santiago no fue un hecho aislado. La agresividad se normaliza y el Estado debe pasar de la queja a políticas públicas de choque.
Motoconchos
El reciente asesinato de Deivy Carlos Abreu Quezada quien era chofer de camión de la basura a manos de una "jauría" de motorizados en Santiago no fue un grito, fue el eco de un malestar que carcome la convivencia dominicana. No se trata solo de un crimen; se trata de una cultura de agresividad que, de no ser frenada con políticas públicas integrales, terminará definiendo el carácter de una nación entera.
La ciudad de Santiago, República Dominicana, ha sido escenario de un acto de barbarie que trasciende las estadísticas. Un hombre perseguido, apuñalado y ejecutado frente al Palacio de Justicia, mientras una masa de motorizados se sumaba a la cacería sin comprender siquiera el motivo real del conflicto. La indignación ciudadana es lógica, pero el verdadero peligro radica en la reacción en cadena: apenas una semana después, circulan videos de otros conductores de camión armados con pistolas y escopetas, declarándose "listos" para enfrentar a los motoristas.
Este fenómeno no es un caso aislado de criminalidad; es la radiografía de una sociedad sumergida en la agresividad. El problema de fondo no es solo el "motoconcho", sino el caldo de cultivo que lo hace posible: un déficit de transporte público, una urbanización hostil, una educación que colapsa frente al desplome en valores cívicos del entorno y una respuesta estatal que, aunque reacciona, aún no logra anticiparse al caos.
El síndrome de la "jauría": tecnología, impunidad y falta de control
El caso de Santiago expone una mutación en la violencia dominicana: la violencia de arrastre. Mediante cadenas de WhatsApp o videos virales, los motorizados se convierten en jueces y verdugos en minutos. En este contexto, las vías públicas han dejado de ser un espacio de tránsito para convertirse en un territorio de disputa.
Las cifras respaldan esta percepción de caos. Datos del año 2025 revelan que el 70% de las muertes en accidentes de tránsito involucran motocicletas, con más de 1,393 hombres y 124 mujeres fallecidos solo en ese año. Más alarmante aún es que el gobierno reconoció que durante un fin de semana del 2025 se registraron 1,027 accidentes, dejando 19 muertos en apenas 48 horas.
La mayoría de estos incidentes no son accidentales, sino el resultado de una conducción temeraria, el irrespeto a las señales y una creciente normalización del ajusticiamiento por cuenta propia.
El diagnóstico: ¿Por qué explota la agresividad?
Para atacar un tumor hay que entender su origen. En la República Dominicana, la agresividad no es innata, es adquirida y fomentada por dos factores críticos: Lo primero es la ausencia del Estado en la movilidad, a pesar de que se hagan operativos recogiendo motocicletas en las zonas urbanas, hay más de dos millones de motocicletas que circulan sin registro, sin placa y sin control, eso nos hace reflexionar de que Plan Nacional de Regulación de Motocicletas no ha sido exitoso. Lo segundo es tristemente el colapso de la empatía; no solo se mata por una deuda, la razón principal es el odio, de ahí entonces se mata por un roce, por un bocinazo, o por "seguir la corriente". La deshumanización del otro en el espacio público es el paso previo a la violencia física
La pregunta que debe hacerse el Estado es: ¿Cómo se sale de esto? La experiencia internacional y los planes locales recientes marcan una hoja de ruta que combina mano dura contra el delito con políticas de prevención masiva e infraestructura digna.
Educación no basta si el entorno aplaude lo incorrecto
El gobierno ha insistido en que incluir educación vial en el currículo escolar es una solución de fondo. Pero eso ya existía, al menos en papel. El problema no es que los estudiantes "no sepan" las reglas. La mayoría sabe que está mal adelantarse por la derecha, irse en luz roja, ignorar una señal de “PARE”, o perseguir a otro vehículo, o golpear un cristal por un roce.
El problema es otro: la conducta violenta se propaga como un meme. Un joven puede aprender en el aula que no debe cruzar en rojo. Pero al salir ve que su amigo motoconcho lo hace todos los días y nunca pasa nada. Ve que el adulto que respeta las normas es visto como "lento" o "tonto". Ve que el agresivo llega más rápido, no recibe multas y, si le da un golpe a alguien, la fiscalización no aparece.
Eso se llama refuerzo social de la conducta incorrecta. Y ningún currículo puede contrarrestarlo si las calles siguen enseñando lo contrario.
Lo que realmente falta es que haya consecuencias visibles. Lo que frena una conducta meme no es otra clase teórica. Es la certeza de que hacerlo mal tiene un costo inmediato y público.
Países que lograron bajar la agresividad vial no lo hicieron con manuales. Lo hicieron con: multas que duelen y se aplican (sin excusas), fiscalización en el lugar del conflicto, no en un escritorio y cámaras que multan automáticamente, quitando la excusa del "no me vieron".
El dominicano no se ha ido poniendo violento porque no haya ido a la escuela, es porque aprende en la calle que la violencia funciona y no pasa nada.
Urbanismo y espacios dignos (La lección de Medellín)
Aunque muchas personas aquí no lo entiendan, el diseño y la vida urbana en parte importante del problema. Ciudades como Medellín, que antes eran de las más violentas del mundo, redujeron drásticamente su tasa de homicidios convirtiendo espacios de conflicto en bibliotecas, parques y centros culturales en los barrios más pobres.
Aquí se hacen esfuerzos al respecto, pero siguen siendo proyectos aislados y que luego se abandonan por falta de seguimiento, muchas veces porque estamos sumergidos en una realidad donde la política se trata más de la marca personal de quien ocupa la posición, y no de un plan general que contemple el crecimiento o desarrollo de una población en base a una guía, que puede ser mejorable con el tiempo, pero que necesita contar con una concienciación general y empoderamiento ciudadano.
Se necesita con urgencia romper el ciclo de la jauría en la que estamos viviendo. El asesinato en Santiago no es un hecho menor. Es un parte de guerra civil silenciosa. Mientras las y los ciudadanos sigan resolviendo sus diferencias a golpes, puñaladas o embistiendo con sus vehículos, la democracia dominicana será frágil.
Las políticas públicas existen sobre el papel (Pacto por la Seguridad Vial, Plan Estratégico 2025-2030, desarme), pero el retraso en su aplicación efectiva está costando vidas. No se trata de satanizar al motoconcho, que es un mal necesario por la falta de transporte digno, sino de regularlo, educarlo y ofrecerle alternativas.
La solución pasa por un shock de autoridad (para frenar la impunidad de las "jaurías"), un shock de infraestructura (para que la calle no sea una selva) y un shock cultural (para que ningún ciudadano o ciudadana vuelva a aplaudir un linchamiento). O actuamos ahora, o la agresividad dejará de ser un síntoma para convertirse en la regla.