Opinión

Dayanara Reyes Pujols

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Ser madre es hermoso. Al mismo tiempo es profundamente agotador, especialmente cuando se nos ha vendido una idea de la maternidad bañada en romanticismo, desconectada de las realidades que enfrentamos millones de mujeres cada día.

Se ha idealizado la entrega, el sacrificio, la “vocación” de ser madre como si fuera una misión celestial. Pero, ¿quién acompaña a la madre? ¿Quién la cuida? ¿Quién la escucha cuando, aun con pareja presente, se siente sola, agotada, colapsada?

Incluso en hogares donde el padre está involucrado, la carga mental y emocional sigue recayendo mayormente sobre la mujer. Somos nosotras quienes sabemos cuándo toca la vacuna, qué falta en la lonchera, si el niño durmió bien, qué maestra le incomoda. La lista es infinita. Y esa sobrecarga no es invisible, es ignorada.

Romantizar la maternidad borra esta realidad y la reemplaza por una imagen empalagosa que solo suma presión: ahora debemos ser buenas madres… y además vernos bien, ser productivas, mantener la casa y no quejarnos.

Esta presión se multiplica para las madres que crían solas, sin redes de apoyo, sin respiro. O para aquellas que cuidan a niños con condiciones especiales, cuyas rutinas son aún más demandantes. ¿Dónde está el reconocimiento para ellas? ¿Dónde están las políticas públicas, los horarios flexibles, el acceso a salud mental, el respiro institucional y comunitario?

Según ONU Mujeres, a nivel global, las mujeres dedican al menos tres veces más tiempo que los hombres al trabajo de cuidados no remunerado. Esta cifra puede llegar a ser hasta cinco veces más en países de América Latina y el Caribe, dependiendo del contexto socioeconómico.

Y, sin embargo, su esfuerzo sigue siendo visto como “natural”, como parte del instinto maternal, cuando lo que realmente es… es un trabajo. Un trabajo a tiempo completo, sin vacaciones, mal remunerado, y en muchos casos, completamente solitario.

Yo misma, aun con un compañero presente y comprometido, he sentido la carga emocional de ser la que lidera cada decisión, cada agenda, cada pequeño gran detalle. He sentido culpa por querer un espacio para mí. He sentido miedo de no estar “cumpliendo” con el ideal de madre que nos impusieron desde niñas. Sin embargo, hoy entiendo que cuidarme también es cuidar a mi hijo.

Y lo confirmo cada vez que una madre me dice que se siente invisible. Como lo hizo recientemente una madre en la ciudad corazón, Santiago, quien cuida sola a su hijo con una condición genética rara, y me dijo con honestidad brutal: “A veces me siento como si no tuviera derecho a estar cansada, porque me tocó esta maternidad especial. Pero no soy un robot”. Esa frase me estremeció. Porque ser madre de un niño con necesidades especiales es una maternidad sin pausa, sin relevo, sin tregua.

Las marcas y los medios siguen contribuyendo a esta visión irreal: campañas del Día de las Madres que celebran la entrega incondicional, el “amor que todo lo puede”, el “no necesito nada, solo abrazos”, mientras en la vida real muchas madres ni siquiera tienen tiempo para ducharse con calma. ¿Qué tal si en vez de flores, les damos tiempo? ¿En vez de palabras, acciones concretas que alivien su carga?

Necesitamos, urgentemente, espacios para nosotras. Espacios para descansar, para pensar, para crear, para simplemente ser. Porque cuando una madre está bien, su hijo también lo está. Y eso no es egoísmo, es responsabilidad. No podemos seguir perpetuando la idea de que ser madre implica desaparecerse.

Romantizar la maternidad es, en el fondo, una manera de mantenernos calladas. Pero hoy, desde aquí, sin filtro, lo digo claro: ser madre no debería ser sinónimo de sacrificio silencioso. Ser madre también debe incluir la posibilidad de cuidarse, de pedir ayuda, de ser humana.

Y eso, queridas lectoras —y también lectores—, es un acto de amor real.

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Dayanara Reyes Pujols

Dayanara Reyes Pujols