Opinión

Protocolos de salud

Lujo en las paredes, negligencia en las venas: la realidad oculta de las clínicas dominicanas

Lo más grave es la negligencia pasiva, la que no se denuncia porque no hay un error evidente.

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La inversión millonaria en mármol, iluminación LED y tecnología de imagen no sirve de nada si, frente a una urgencia falla el criterio médico, la ética y la voluntad de hacer lo correcto, y además, el médico tratante termina actuando como un adivinador por dilatar estudios que permiten determinar procedimientos más precisos y con un mejor margen de tiempo.

En la República Dominicana hemos construido un sistema de salud privado que enamora por fuera, pero que por dentro siguen dándose casos con una lógica peligrosa, de no continuar con un protocolo de descarte gracias a estudios e imágenes y el trabajo en equipo y estudios de casos.

Quienes hemos vivido el drama de una urgencia mal manejada sabemos la frase fatal: "Vamos a esperar", "Puede ser esto o aquello", "Hagamos una prueba y mañana vemos". Detrás de esas palabras no hay maldad, hay falta de protocolo, falta de disciplina clínica y, mientras los familiares se quedan llenos de impotencia sin saber qué hacer.

Lo más grave es la negligencia pasiva, la que no se denuncia porque no hay un error evidente. Esa que ocurre cuando un paciente entra con síntomas confusos y, en lugar de activar un protocolo diagnóstico escalonado, el médico opta por la "observación" o por un tratamiento empírico sin la evidencia necesaria. Como un paciente que llega con una obstrucción en los intestinos, una inflamación y dolor insoportable y se procede a ponerle dos enemas antes de hacerle una tomografía y observar una posible perforación intestinal.

Nos quedamos con las dudas porque a veces pareciera que estos centros privados tienen una falta de protocolos institucionales claros por escrito y de obligatorio cumplimiento, indicando qué estudios hay que pedir ante un dolor torácico, una fiebre postoperatoria o una dificultad respiratoria, más bien, cada médico hace lo que le parece, y si ese médico tiene mala suerte o mal criterio, el paciente paga el precio.

También está la idea de que "estudiar demasiado" es innecesario, algo que debe de ser de alto cuestionamiento en la medicina moderna. Hay una cultura arraigada de que pedir muchos análisis o imágenes es "sobremedicar" o "hacerle perder tiempo al paciente". El resultado es el opuesto: por no pedir un dímero D, un troponina, una tomografía a tiempo, se pierden horas preciosas y el paciente llega tarde a la solución.

Pareciera que en el sistema privado, el médico que pide muchos estudios puede ser visto como "caro" o "poco confiable" por la propia administración de la clínica. Se prioriza la factura rápida y el egreso temprano sobre la certeza diagnóstica.

El resultado: se adivina. Y cuando se adivina, se erra. Y cuando se erra, alguien muere y cada día o tenemos que vivir un caso cercano o algunos que nos llega.

En medicina, el tiempo es tejido. Un infarto no espera a que decidan pedir el electrocardiograma. Una sepsis no espera a que "se hagan los exámenes por la mañana". Una hemorragia interna no espera a que el cirujano termine su guardia.

Lo que hoy es un síntoma vago, mañana es un paro cardíaco. Y sin embargo, seguimos viendo casos en los que los estudios diagnósticos se solicitan con retraso, se interpretan con lentitud o, peor aún, ni siquiera se solicitan porque "el paciente se ve bien".

Esto debería ser erradicado de la práctica médica dominicana con mano firme. No hay excusa. Un centro que invierte millones en una fachada de lujo tiene la obligación de invertir también en algoritmos de decisión rápidos, acceso 24/7 a laboratorio e imágenes, y protocolos escritos que ningún médico pueda saltarse porque "a mí me enseñaron diferente".

El engaño sobre la muerte: la cereza podrida

Cuando ya el daño está hecho, cuando el paciente ha muerto por una decisión tardía o un diagnóstico errado, muchas familias dominicanas enfrentan una segunda ofensa: el engaño sobre el momento exacto del deceso. Alterar la hora de la muerte en un certificado o en una historia clínica no es un error administrativo. Es un delito penal tipificado en el Artículo 354 del nuevo Código Penal Dominicano, castigado con penas de 1 a 3 años de prisión.

¿Por qué alguien haría eso? Por la misma razón por la que no se pidieron los estudios a tiempo: para ocultar que se perdió el momento crítico. Para que parezca que se reaccionó cuando todavía había esperanza, cuando en realidad el paciente llevaba horas agonizando sin atención adecuada.

¿Quién estudia los casos para que no se repitan?

Aquí llegamos al vacío más doloroso del sistema. Cuando un paciente muere por falta de estudios o por decisiones adivinadas, ¿quién se sienta a analizar fríamente ese caso clínico para saber qué falló en el protocolo?

El Estado dominicano tiene entidades creadas para eso, pero su funcionamiento es más decorativo que resolutivo: CONABIOS (Consejo Nacional de Bioética en Salud) tiene la misión de revisar protocolos, pero su alcance es limitado y rara vez actúa de oficio y la DHSES (Dirección de Habilitación de Servicios de Salud) puede sancionar centros, pero sus inspecciones suelen ser anunciadas. También, las sociedades médicas especializadas podrían hacer auditorías clínicas voluntarias, pero no hay cultura de eso en el país.

El resultado es que el caso se archiva, el médico sigue adivinando y el próximo paciente entra a la misma ruleta rusa.

Exijamos protocolos. Exijamos estudios a tiempo. Exijamos que adivinar deje de ser una práctica médica aceptada. Porque detrás de cada diagnóstico tardío hay una familia rota, y detrás de esa familia hay una clínica con paredes de lujo que tal vez nunca rinda cuentas.

Sobre el autor
Claudia Rita Abreu

Claudia Rita Abreu