Opinión

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ÁNGELA PEÑA
Cada día los bancos comerciales aumentan las medidas de seguridad para evitar el robo con tarjetas de crédito, pero para los profesionales del robo no hay obstáculo insuperable. En vez de disminuir, el consumo fraudulento crece.

Para evitarlo, en casi todos los establecimientos comerciales piden identificación si el pago no es en efectivo. Telefónicas, distribuidoras de electricidad, compañías de telecable solicitan al usuario, al amortizar su factura, el nombre de su primera mascota, su maestra de primaria, su mamá, su papá, su abuelita, la edad en que fue alfabetizado, aparte del número de cédula, fecha de nacimiento, dirección domiciliaria, estado civil y señas físicas particulares.

Los bancos, por otro lado, no entregan “el plástico” si no es al propio dueño o a una persona previamente indicada y aun así, los ladrones se “bufean” estas verificaciones y cuando uno menos se lo espera, recibe una llamada del departamento de seguridad para preguntar si el “tarjetahabiente” está en Hong Kong, Barcelona, Canadá, Estados Unidos, si está comprando electrodomésticos en una plaza comercial o si piensa viajar a la Conchinchina, porque alguien está comprando con su tarjeta un pasaje costosísimo.

Justo es reconocer el eficiente trabajo de los departamentos de seguridad de reconocidas instituciones bancarias que saben detectar a tiempo las operaciones de estos fulleros, maestros en el arte de la ratería. Están entrenados para descubrir al instante a estos rapaces.

Sin embargo, las dudas le quedan al propietario de la tarjeta aunque el banco lo descargue del pago de gastos en los que no ha incurrido. ¿Falsificaron el documento? ¿Cómo? ¿Quién? ¿Cuándo? ¿Robaron número e identidad? ¿Hicieron compras personalmente o pagaron por teléfono? ¿Cómo puede protegerse el dueño de la tarjeta?

Hay quienes aseguran que los mayores engaños tienen lugar en las gasolineras. Pero, ¿cómo, si pasan las tarjetas en las narices del conductor? A diario se reciben alertas de fraude con tarjetas, uno los lee, pero sólo repara en las advertencias cuando se convierte en víctima de esos estafadores conspicuos.

Estos asaltos tan meticulosamente planeados ponen a la ciudadanía entre la espada y la pared. Si anda con dinero en efectivo arriesga su vida y sus chelitos. Si decide sacar una tarjeta de crédito, lo desfalcan. Si ahorra, el “malandro” acecha. Guardar el dinero debajo del colchón sería exponerse como carne de cañón. Entonces, ¿qué hacer?

Bienaventurados los que no tienen en qué caerse muertos, porque de ellos no son estas preocupaciones.

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